Suenan a lo lejos tres bombas. Va a comenzar la procesión. El cielo se ha azulado aún más, como un cielo napolitano; y el agua está como el cielo, y es como un milagro azul que todo lo envolviera. «Je suis hanté: Azur! azur! azur!...» Veo venir algo que suscita en mi mente reminiscencias de Venecia, de una Venecia antigua y legendaria. Hasta el acento con que hablan los marineros que pasan bajo el balcón a que me asomo me parece veneciano. Y la ría, que es un lago suizo a veces, se me antoja ahora una especie de Canalazzo. Se acerca más y más la procesión en barcas. Entre las pequeñas de los pescadores viene, como un Bucentauro, gallardamente, el vaporcito en que está el santo. Y en el vapor del santo, y en otros que atrás vienen, y en las barcas de los pescadores, y en otras llenas de vecinos y curiosos forasteros, todo es una fiesta de banderas y banderolas, amarillo y rojo. ¡España! ¡España! ¡España!
Y ya no, no es una fiesta veneciana la que presencio, no es el triunfo marino del Bucentauro; es una fiesta española y asturiana. Son los buenos pescadores de un rincón del Cantábrico, que celebran el día de su patrón celeste, San Telmo. La impresión no es de soberbia, ni de función imponente por sus lujos y pompas. No caen de las lanchas, como de las góndolas señoriales, paños de seda flecados y bordados de oro. La obsesión del cielo azul, agua azul, banderas y sombrillas sobre el cristal especular.
Aquí, a mi lado, charlan las damas, con ese son dulce de la provincia, de que ha hablado el perspícuo Azorín. Y hay son de músicas sobre las aguas de la ría. Las pesadas dragas, a un lado, descansan, pues es el día de gozo ritual para estos pueblos de pescadores y labradores. En la procesión viene adelante un barco negro, florecido y risueño de banderas; y trae el estandarte, un gonfalón rojo y oro. Y en la embarcación en que pasa el santo, van vecinos notables, autoridades, curas con sus roquetes y sus sobrepellices. Y veo luego la muchedumbre que acompaña, y una bandera roja, y una cruz de plata. Y hay por todas partes alegría, la alegría de un día de regatas.
¡Buen San Telmo, que sabes de los furores del mar, de las terribles rabias oceánicas, de galernas y aquilones, sé amigable y cordial con tus gentes de La Arena y San Esteban que, curtidos de sol y vientos ásperos, van a exponer la vida todos los días en la pesca de la sardina, del calamar, del atún! Aleja las malas artes de los «espumeiros», y a la racha de mala intención apártala de la vela que empuja la barca en que va el trabajador de las olas. ¡Sé propicio, buen San Telmo de los fuegos eléctricos, a estos pobres hombres! Tienen madres vestidas de negras telas viejas, esposas flacas, hijos anémicos. Dales buen tiempo, mucha pesca, y así saborearán la borona del terruño, se alimentarán mejor, beberán más sanamente. ¡Pórtate bien, San Telmo, porque viene por ahí un diablo rojo que anda conquistando a los pobres del mundo, negando dioses y descabezando santos!
IV
San Telmo se porta bien.
... Estaba yo ayer departiendo con Evaristo, mi barquero. El cual es un marinero rubio, seco, de ojos chispeantes. Tiene sus lecturas, y se las da de «espíritu fuerte» entre sus compañeros. No obstante, me dijo en medio de la conversación:
—Yo creo haber visto al diablo, señor.
—¿Cómo, Evaristo?
Y me contó una su nocturna aventura, complicada con un caso telepático que complacería al duque de Argyll.
—Melo de la Morena—me dijo—era un pescador como yo. Nos conocíamos desde muchachos y fuimos muchas veces juntos a la faena de la sardina.