Una noche—de esto hace poco tiempo—volvía yo por la ría, del lado en que se pescan los salmones, más allá del puente de Muros... Era como la media noche, y había obscuridad grande. Cuando al acercarme en la lancha un tanto hacia la ribera, oigo:—«¡Evaristo! ¡Evaristooo!—Y la voz era tan espantosa y desusada, que se me erizaron los cabellos. No obstante, como yo venía acompañado de mi viejo padre, reconocimos juntos la voz de Melo de la Morena.—Es Melo de la Morena, dije yo.—Es la voz de Melo de la Morena, afirmó mi padre—. Pero, ¿qué andará haciendo a estas horas por aquí? ¿Y por qué su voz nos da miedo? Los gritos seguían pavorosos. Yo no creo en esas cosas, señor. Yo he leído que todo eso es superstición. Pero, de acuerdo con mi padre, nos alejamos ligeros del lugar, y de unos cuantos golpes de remo llegamos pronto a la casa. Por la mañana vi a Melo de la Morena:—Melo, ¿qué andabas haciendo anoche tan lejos, por el puente de Muros, como a las doce?—Yo estaba en mi cama, dijo Melo.—Pues mi padre y yo hemos oído tu voz que nos llamaba—. Yo me acosté muy temprano, repuso Melo—. Y lo terrible del caso es, señor, que un mes después Melo de la Morena, que fué a la sardina, se ahogó, y a mí me tocó sacar el cadáver del agua.

—A todo esto, Evaristo—le dije—, no ha aparecido el diablo.

—Es verdad—contestó—. Eso fué otra noche. Y digo sería el «diaño»; aunque no sé francamente si sería él... Usted verá. Y me narró sus aventuras de otra noche. Volvía a su casa, ya tarde, y cerca de las ruinas del Castillo de San Martín oyó que su padre le llamaba desde una barca para que le llevase a su casa. Acercóse, y vió una figura blanca, de pie.—Vamos, padre; dijo Evaristo.—Ya voy—respondió la figura blanca—. Pero no se movía. Y Evaristo se cansó de llamar, y la figura seguía diciendo «ya voy». Hasta que Evaristo vió que aquello era cosa diabólica y se acercó más y descargó un remazo sobre la figura. La cual se deshizo como un humo.

—Evaristo—le dije—, indudablemente era el «diaño».

En esto estábamos cuando vimos pasar una mujer llorando, que corría hacia la costa. Y un hombre que llegó después, nos gritó:

—Una lancha se ha volcado, y traía trece hombres. Allá por la punta del muelle.

Fuimos a ver lo que pasaba.

El mar no estaba tan revuelto, mas soplaba un fuerte viento nordeste que había causado el desastre. A la vista de los que estábamos, en la costa, una barca de las que tornaban de la pesca se encontraba volcada. Se notaba el movimiento de los salvadores en las otras barcas. ¿Cuántos pobres pescadores se ahogarían? Yo oí cerca de mí gritos y sollozos. Viejas desoladas se llevaban las manos a la cabeza, tendían los brazos hacia las grandes olas. Mujeres más jóvenes, seguramente esposas, lloraban también. Lloraban niños; todo el mundo lloraba. Y la concurrencia de vecinos aumentó. Se rezaba. Se escuchaban lamentaciones: «¡Pobreciños!, pobreciños!» Una mujer andrajosa, alta, aullaba como una Hécuba. «Aquélla—me dijeron—tiene un hijo en la pesca; aquella otra tiene dos hijos; aquella otra su marido y un hijo.» Así era la desolación. Jamás mis nervios han estado más vibrantes, ni mi corazón más apretado. En mí se refleja todo ajeno dolor; y aquella escena era para conmover a un hombre de bronce.

Y una anciana, toda trémula, no cesaba de repetir: «¡San Telmo, señor San Telmo, líbralos!» Al cabo de un largo rato vióse que de nuevo las lanchas se ponían en marcha, rumbo al acostumbrado desembarcadero. Todos nos dirigimos allá. ¿Habían quedado en el agua algunos pescadores?

¿Cuántos? ¿Qué rugido, qué clamor maternal íbamos a escuchar entre el grupo de mujeres cuando se acercasen a la playa los marineros y diesen cuenta del desastre? Se advertía que la lancha volcada venía a remolque, y que en algunas de las otras había tripulantes de ella. Por fin doblaron las embarcaciones el extremo del muelle, y entraron en la boca de la ría. Pronto estuvieron al habla, y las gentes empezaron a reconocer a los que venían. «Aquel es Pedrín.» «Aquel es Basilio.» «Aquel es Juan.» «Allá viene Anselmo.» Y venían voces de ellos: «¡No hay cuidado ninguno!» «¡Todos salvados!»