Todo fué entonces alegría. Desembarcaron mojados los náufragos. Uno de ellos venía muy enfermo, pero pronto se repuso. El «espumeiro» y la muerte quedaban vencidos. Yo creí del caso decir al buen San Telmo:

—¡San Telmo, te has portado bien!

V
Un eclipse.

Siendo España un país favorecido por los «eclipses»—desde que se pone el sol en sus dominios...—he aquí que la reciente manifestación solar ha atraído a estas tierras, por unos momentos, la atención del mundo. De todas partes llegaron los sabios que pasan su vida ocupándose en los asuntos del cielo, y todos ellos, o casi todos ellos, como los antiguos astrólogos, son viejos, lo cual parece demostrar que, cuanto más se aleja el pensamiento de la tierra, más se alarga la vida. Vino Gaussen el patriarcal, con su cara de Hugo melenudo; vino Jansen venerable, con sus ojos meditativos y profundos entre la nieve de su senectud; vino Rayet sonriente con su corona de invierno, y otros cuantos más, con los más jóvenes, con los coroneles de la artillería óptica, y con las ayudantas, la inevitable compañía femenina, las cantineras de las batallas astronómicas. Llegaron de Inglaterra, Callendar que, de panamá y traje de playa, parece que anduviese en busca de casino, cuando anda por las nubes como un poeta nefelibata o no nefelibata, y en cálculos e inventos como el de su máquina para investigar la intensidad calorífica de la corona solar; Fouler, fino y estudioso, y Rayner que compite con Cahen, que compite con Moulloy, que compite con Bonfield: entre todos brillan, a través de sus espejuelos, los ojos de sir Norman Lockyer, dulces de mirar hacia la altura. Y hay más ingleses. De Francia llegaron Deslandres, Fabry, Azambuja y el lírico Flammarion, cabelludo como un cometa, y más franceses grandes y medianos, todos llenos de ciencia. De Holanda, Ryland y Wilterdink, y más holandeses, graves y sabidores. De Austria, Boltzmann, y más austríacos; de Alemania, Olmsted, Hartmann, Dugan, y más alemanes; de Suecia, un buen grupo en que resplandece astralmente el gran Arrhenius, con Gustave Kobb; de Italia, los más notorios y más eficaces cazadores de secretos celestes, y de Estados Unidos un batallón, a cuya cabeza está el sesudo Campbell, director del californiano observatorio de Lick. La América latina estaba felizmente representada por Méjico, con un excelente cuerpo de astrónomos mejicanos, y Chile tenía a Ernest Greve, del observatorio de Santiago. Confieso que me sorprendió no encontrar un representante argentino, uno de esos bravos centinelas de la ciencia que montan guardia en Córdoba y en La Plata.

Las instalaciones fueron excelentes, y el Gobierno español y las autoridades recibieron a los enviados de las distintas naciones con cordialidad y la tradicional hidalguía. Flammarion, sobre todo, el más literato de los astrónomos, y por eso el más popular en todos los lugares adonde han llegado sus obras, es decir, en toda la tierra civilizada, fué saludado como un verdadero príncipe de la ciencia, y paseó en carruajes reales y los monarcas le agasajaron, a él y a su excelente señora, que hace a maravilla, con dignidad serena, su papel de sabia consorte. Las diversas ciudades y pueblos en donde se instalaron los campamentos astronómicos ganaron crecidamente, pues por el motivo científico, el turismo europeo invadió por esos días la Península; y, como sucede en ocasiones semejantes, todo se puso por las barbas del sol y los cuernos de la luna: hoteles, habitaciones en casas particulares, alimentación y cuanto se hubo menester. Lord inglés hubo que pagó dos mil pesetas diarias el departamento para su familia. Y era como en el cuento del rey y los huevos. «¿Son muy raros aquí los comestibles y las habitaciones? No, señor; lo que son raros son los lores y los eclipses.» Así en Burgos, en Alcalá de Chisvert, en Castellón, en Sigüenza, en Cistierna, en Almazán, en todos los puntos elegidos por los sabios para sus observaciones, el negocio fué pingüe.

En España fueron grandes el movimiento y la curiosidad. Los trenes, la víspera y la mañana del fenómeno, iban cargados de gente a los lugares estratégicos. Y había de todas clases de trenes, como de todas clases de curiosos: trenes de lujo y trenes modestos, y hasta esos que aquí llaman «botijos», en que todo el mundo se embotella por más que módico precio.

Ya sabréis, naturalmente, que el Rey Alfonso, Rey de su tiempo y de su edad, no ha querido faltar a la cita de Burgos. Allá fué, con su agilidad y bizarría de siempre, en su automóvil, y la Reina y las Infantas también fueron, desde el palacio de Miramar de San Sebastián, en donde se hallaban cumpliendo con las exigencias del veraneo. Y tras el Rey, la Reina y las Infantas, ya os imaginaréis la muchedumbre elegante que se desprendió de sus nidos de villegiatura para ir a la ciudad del Cid Campeador, en el taf-taf de moda o por el ferrocarril. Burgos fué la capital del eclipse, y el Rey aprovechó su permanencia para poner la primera piedra del monumento que se levantará al Mío Cid, y para inaugurar una nueva estación ferroviaria. Asimismo visitó conventos, hizo jiras cercanas y se preparó para ir en seguida a cazar rebecos a los picos de Europa. Visitó las instalaciones astronómicas nacionales y extranjeras, departiendo, como se sabe, en lenguas diversas, gracias a su educación políglota. Adolescente que pasa a hombre, fué vivaz, móvil, fué de un lado a otro, miró todo, se informó de todo; y sabiendo que, a pesar de ser Rey, el sol no podía retardar por él la función, estuvo, como todo el mundo, a la hora señalada, en el mejor punto para contemplar la maravilla misteriosa que se mostró en el firmamento.

El eclipse pasó. Y de todas partes dicen que, cuando reapareció la luz del sol, la gente ha gritado, aplaudiendo «¡Bravo!» No lo entiendo.

Esto no es nuevo. Pedro Antonio de Alarcón, el célebre autor del Escándalo y del Diario de un testigo de la guerra de Africa, presenció el eclipse de sol del 18 de Julio de 1860, y en las impresiones que de él escribió, dice lo siguiente: «El día estaba sereno y caluroso. El sol inundaba de luz las soledades del espacio, animando y engrandeciendo el vastísimo paisaje. Largos y monótonos zumbidos de cigarras y de otros insectos voladores poblaban el aire de un sordo y soñoliento murmullo, que convidaba a la siesta. Callaban las aves, adormecidas por el calor, y callaban también los hombres, atentos al deicidio que se preparaba en los cielos... Eran ya las dos... la hora anunciada y esperada hace tiempo por los astrónomos...

... El eclipse había principiado, pero aún no se percibía alteración ninguna en la luz del sol.