No podré olvidar el drama de un pobre joven mejicano que después de concluir su carrera de médico, loco de pasión por una de esas, y á causa de no sé qué escena de celos, se pegó un tiro en plena calle, delante de la descorazonada muchacha. La cual el mismo día que enterraron el cadáver, se vistió con la mejor ropa que tenía, y se fué á Ballier por la noche á sacar provecho del sangriento suceso, á hacerse réclame con el faits divers de que se habían ocupado los periódicos. ¡Oh Rodolfo! ¡Oh Mimí! ¡Oh mujer!

Respecto á lo que en otros tiempos animaba los espíritus generosos de los jóvenes de las escuelas, en cuestiones de general interés, ó en asuntos de humanidad y de verdadero patriotismo, aquel soplo que conmovía á París ha también menguado. Ya se vió, no ha mucho tiempo, cómo obraron los que representaban el porvenir y la esperanza de la Francia. Han Ryner decía hace algún tiempo: «El espíritu revolucionario no existe en el Quartier. El estudiante es un arrivista, y, por consiguiente, un ralet del Poder. Hace su aprendizaje de futuro funcionario y se ejercita en los achatamientos. Tuvo antes bruscas y cortas protestas; no revolucionario, ciertamente, sino revoltoso; tarea que comienza á expresar su bisoña necesidad de ruido, y que se detiene en cuanto aparece el gendarme. Ese murmullo simulado, ese refunfuñar hipócrita de colegial que detesta al pion, ya no los tiene siquiera. El pion, hábil, lo ha lanzado sobre otras presas. Los niños son fáciles de conducir con tal que se abandone á su crueldad alguna víctima. Nuestros estudiantes gritan al Gobierno que les permite denostar á sus enemigos. La necesidad animal de movimientos y de gritos que hace creer en la generosidad de jóvenes burgueses y que se ha tomado por espíritu revolucionario está hoy cuerdamente detenida y satisfecha, dirigida por el poder mismo ... Zou, feu de brut! Conspuez Zola! Conspuez!»

Ryner es duro, quizás con demasía, por el momento en que escribió tan acerbo juicio del estudiante actual; mas apartando la violencia y la corrosión de su estilo, nos encontramos con una innegable verdad.

Yo he visto, por otra parte, durante un monome reciente, una escena que podría ser muy graciosa para otros, pero que á mí me causó tristeza. En una terraza de café tomaban tranquilamente su bock un negrito y un mulato, de los que vienen á estudiar á París, y que, una vez coronada su carrera, vuelven á su país haciéndose lenguas de la ciudad-luz. Pues bien: en cuanto el monome, ó la procesión de estudiantes clamorosos, pasó por el café, y unos estudiantes vieron á los morenos, empezaron á gritar: chocolat! chocolat! chocolat!, con el aire de los Lampions. Los de la piel obscura pagaron su bock y se escurrieron. Pero el grito les persiguió: cho-co-lat! Y eso no es generoso que digamos.


EL HIPOGRIFO

Las gentes han estado locas—más que de costumbre—en estos días, con motivo de la nueva empresa automovílica, la carrera París-Madrid. Los periódicos han dedicado largas columnas; los camelots han vendido miles de programas y mapas; los concurrentes á la prueba han sido mucho más numerosos que en otras anteriores; los nombres de Michelin, Mors, Mercedes, Panhard, Renault y demás fabricantes de máquinas veloces andan en todas las bocas. Es el tiempo en que un chauffeur hábil y osado goza de triunfos y aclamaciones que jamás obtendría un Berthelot, un Pasteur, un Anatole France. La locura de la rapidez, que ya creo que ha sido estudiada por los médicos, invade de manera alarmante á la ciudad de los marcheurs jóvenes y viejos. Y las mujeres se mezclan en el asunto. Ayer era una ex cantante de café concert, Bob Walter, la que ocupaba la pluma de los cronistas; hoy es Mme. Du Gast, la dame au masque del proceso resonante y mundano, por quien la mano de cierto noble francés cayó sobre la mejilla de un viejo abogado; Mme. Du Gast, que se va á correr kilómetros, á más de ciento treinta y tantos por hora, en su auto decorado con los colores amarillo y rojo: «vive l’Espagne, ole!» Y una enorme muchedumbre se ha desvelado para ir á ver partir á los corredores, y ha lanzado gritos de entusiasmo que no oyeron los griegos de ligeros pies y los cocheros líricos celebrados por Píndaro. Temeroso delirio colectivo, manicomio suelto ...