EN EL “PAÍS LATINO”
Un joven hispano-americano que llegó á París recientemente, lleno de frescas ilusiones y de antiguas lecturas, me pidió que le llevase á conocer el Barrio Latino. Tenía su Murger bien conservado, y la leyenda varleniana y moreesca flotaba en sus imaginaciones. Yo no quise derribar tanta ilusión con palabras, sino que, después de mucho tiempo de no pasar el río, lo pasé con él dos noches, á fin de que por su propia observación se convenciese de lo mucho que dista la realidad de hoy de las pasadas historias ... Historias de ayer no más, pues la primera vez que escribí mis impresiones del Quartier, todavía no existía el ambiente actual, y de esto hace apenas doce años.
De más deciros que mi amigo no encontró ni á Mimí, ni á Schaunard, ni á Colline; en cuanto á Verlaine, le vió en un plafond del restaurant del Panteón, en una apoteosis pictórica, y en dicho restaurant, entre las genuflexiones del sommelier y las conversaciones de clientes elegantes, no se puede comer correctamente á menos de un luis. En la parte baja de la célebre taberna hay un american-bar, donde se sirve toda clase de american-drinks hasta las dos de la mañana.
Tanto en el restaurant como en el bar, mi joven amigo vió unas cuantas damas con trajes costosos, con joyas y con cierta impertinencia muy poco barriolatinesca; al lado de ellas, gentlemen, de los que se pudiera decir que envían á planchar su ropa á Londres, todos ellos muy contentos y muy generosos. Algunos descienden de un automóvil ó de un carruaje de remise, para ir á sentarse á la mesa. Nadie podría pensar que ellas son las antiguas grisetas y ellos los antiguos estudiantes ... Y tú, lejana sombra de Pierre Gringoire, ¿qué estremecimiento sentirías ante esto?
En los otros lugares, Vachette, Souffet, la Lorraine, en menor escala, el mismo espectáculo. Los bachilleres hablan de sport y visten en la mejor sastrería que pueden. Rara es la boina, la casquette estudiantil. Tened por seguro que el que la lleva, ó no es estudiante, ó es de provincias, ó es un original. En cuanto á las camaraderías de antaño entre jóvenes artistas, jóvenes poetas, amadoras de lo abscous y de lo raro, levitas del templo del pobre Lelian, han desaparecido. Un caballero de cabellos grises, serio, grave, decorado con la Legión de Honor, que va al Vachette con alguna frecuencia á leer Le Temps, como un simple senador ó académico, es Jean Moreas. Reynaud, el autor de los Cuernos del Fauno, es alto empleado de Policía. El último poeta joven verdadero y grande que ha hecho ver en estos últimos tiempos su singular figura en esos lugares, antes tan frecuentados por todas las musas, ha sido Paul Fort; y á este mismo ya no se le mira recorrer su caro Boul’Mich.
Un soplo de ultramodernismo y de americanismo del Norte, de yanquismo, ha invadido el sacro recinto que antes protegían el orgulloso Panteón y la venerable Sorbona, la tradición de las escuelas y la poesía del Luxemburgo, el deseo de soñar y la necesidad de sentir. Aquí es de creerse que ya nadie sueña ni siente. Un severo cronista decía hace pocos años: «Au Quartier Latin moderne, on buche, on potasse, on brigue et l’on intrigue. Au lieu des vareuses de jadis, on arbore des complets très anglais et très corrects, les jours de laissez-aller: ta redingote et le «bosselard» á triple colonne lumineuse sont l’ordinaire uniforme de cette jeunesse morose, ponderée, pratique, revant conférence Molé, conseil d’État, mariage riche et la diputation, les vingt-cinq ans sonnés.» Esto se ha agravado últimamente. Ya no hay escándalos; ya no hay las viejas locuras sonoras con las contadas excepciones de los monome y de las procesiones anuales; ya no hay admiraciones ni entusiasmos, y de los pasados dioses apenas quedan Venus y Dionisio, una Venus calculadora y un Dionisio de importación anglosajona.
Ya no existen siquiera los grotescos. Y en cuanto á la bohemia, los tipos que á ella se acogen son término medio entre los estafadores y los rufianes. Adiós alegres fantasistas de otros tiempo; adiós museo de vivientes curiosidades del Barrio. Son un recuerdo el palikaro Chake, Sapeck, Bibi la Purée, que murió el año pasado; Coulet, el bizarro y lamentable recitador; la vieja Casimir, espectro de mujer galante de tiempos en que Víctor Hugo madrigalizaba; el misterioso marqués de Soudin; escultor Gaillepand, y sus pequeños medallones de fabulosa baratura. Por la tarde, á la hora del ponzoñoso ajenjo, las terrazas están llenas de consumidores del más perfecto aspecto burgués, de una burguesía flamante é hiriente, la que discute sobre M. Combes y va á las carreras y velódromos. Sus compañeras se ruborizarían de llevar, como las antecesoras, sombreritos de á cuatro francos. Hay, no obstante, la amiga del estudiante pobre, porque siempre hay estudiantes pobres, y esa no oculta su escasez de indumentaria. Mas uno y otra no se exhiben, no frecuentan esas cervecerías que antes eran accesibles. En el baile estudiantil de Bullier es donde se advierte la diferencia entre los modestos y los derrochadores, los de las flacas pensiones y los mimados de los papás de dinero. Esa modernización de costumbres ha atacado también en sus últimos baluartes á la antigua alegría; al buen humor tradicional que se manifestaba en cafés y lugares de regocijo, y en donde todos los compañeros de estudios, toda la juventud de las escuelas, fraternizaban en joviales coros, risueñas facecias, contagiosos y alucinantes cancanes y chahuts.
Hay un cabaret, á la manera de los de Montmartre, y en donde cantan cancionistas de los cabarets montmartreses; se llama el cabaret des Noctambules. Allí se nota un poco del pasado espíritu, un resto de la desaparecida ecuánime alegría que se sentía como una parte de la atmósfera del Barrio. Mas la ilusión desaparece pronto con la pose de algunos de los artistas, en el fondo más aburguesados que los mismos burgueses á quienes divierten, y con la aparición de los susodichos caballeritos de veinticinco alfileres y sus Mimís que sueñan Doucet, Paquin y Virot. Concluídos los memorables lugares como el cabaret de la Bohème, dirigido por un curioso tipo, Leo Selicore. Acabados, evaporados, los centros en que había verdadero entusiasmo y amor por las cosas del arte y del pensamiento, como la antigua Plume, que reunía en comidas que presidía siempre un maestro, Verlaine, Zola, Lecomte de Lisle, Mallarmé, entre otros á toda la élite de la joven literatura, de donde salieron unos cuantos que hoy son gloria y orgullo de las letras francesas. Los cafés mismos han evolucionado, y no con ventaja. Aquel d’Harcout que era uno de los puntos de reunión de intelectuales, de poetas, de artistas, de estudiantes, se ha convertido hoy en un establecimiento de heteróclita clientela.
¡Oh, y los amores del Quartier! Desventurado el mozo ingenuo que viene directamente de su lejana tierra, y cree que el amor tal como él lo ha soñado, tal como él lo ha creído posible, lo ha de encontrar en una de estas mujercitas, con aire de inocencia, ó con rostro de gracia, morenas, rubias, ligeras, sonrientes, fáciles!...