«El inglés contemporáneo, se dice, se estima como el tipo más perfecto de humanidad.» ¿Por qué no? Por un lado el rost-beaf, el porter, el whisky and soda, las regatas, el box, la gimnasia, el cultivo del cuerpo; por otro la universidad, los museos, los viajes, el ejercicio de la voluntad, el cultivo del alma. ¡Brava raza, bravos espíritus! Y esa seguridad, esa convicción, esa firmeza, en el cumplimiento de toda acción, desde lo sublime hasta lo vulgar, desde el parlamento hasta Whitechapel, desde el príncipe, el poeta y el clown hasta el pastor, el obrero y el mendigo, desde el heroísmo hasta la borrachera. Aquí hay anglófobos, ya se sabe, y no es nueva la antipatía por la gran nación de presa; pero no son raros los anglófilos y los que desean para Francia una vía igual a la que sigue el poderoso país imperialista.

Lo cierto es que se habla mucho de la cupidité y de la falta de humanidad de los matadores de Boers; y este fin de siglo ha visto el singular espectáculo de un Rudyard Kipling armando a las nueve musas y al Apolo inglés de fusiles de precisión con balas dum-dum. Mas no hay que olvidar que bajo ese mismo cielo hermoso han resonado las voces de paz humana y de nobleza y elevación, de un Gladstone, de un Ruskin, de un Mill. Pocas figuras de todos los siglos comparables al insigne y victorioso artesano William Morris. ¿Inglaterra no ha sido el país en donde, en este siglo, la belleza ha tenido sus más fervientes y sinceros seguidores y levitas?

A esta exposición ha venido la Gran Bretaña con su ciencia, con su arte, con sus máquinas pacíficas y sus poderosas máquinas militares. Los telares hablan de la inmensa fuerza fabril de ultra-Mancha, y Maxim indica con sus cañones, incontestables argumentos que, no obstante, en el África del Sur rebatieron los soldados rústicos del tío Pablo.

Por las calles de París, por los rumorosos lugares de la Exposición, pasan los caricaturales miembros de la Salvation Army. Se oyen cantos con acordeón, en uno que otro recodo, cantos que oyen los badauds, unos creyentes, otros burlones. Los lores llenan con sus fiestas los salones de los hoteles y los restaurantes de la feria. Los toast entre franceses e ingleses se multiplican, y los sabios, los artistas, y sobre todo, los industriales y comerciantes de ambas naciones, se dan los más francos shakehands, alternando el champaña y el whisky. Y dice el sabio sir Avebury: «Estamos muy contentos de estar aquí. Saludamos y amamos a la bella Francia. Hoy, sobre todo, nuestras simpatías se avivan con el pensamiento de que, lejos de aquí, vuestros soldados y los nuestros combaten lado a lado por la causa de la civilización y de la justicia...» Y esto mucho más claro: «Nuestros intereses son los mismos en el mundo. Todo nos obliga a ser amigos... La Francia es tan buena cliente de la Inglaterra, que nosotros tenemos interés en que ella se enriquezca. Inglaterra es tan buena cliente de Francia, que Francia no puede menos que desearla muy próspera.»

Por otra parte, las relaciones entre París y Londres son absolutamente necesarias. Porque si no, ¿adonde mandaría M. Prevost a planchar sus camisas?

II

—Voy a ver, dije, en qué consiste la superioridad de los anglosajones.

Mi acompañante norteamericano me contestó:—era al entrar al pabellón de los Estados Unidos en el quai d’Orsay:—El congreso de U. S. A., votó un crédito de 7.500.000 francos.

¡Y todo está muy bien!, repliqué.

¡All righ! afirmó.