O take my hand Walt Whitman!
Such gliding wonders! such sights and sounds!
Such join’d unended links each hook’d to the next,
Each answering all, each sharing the earth with all,

Ese pueblo adolescente y colosal ha demostrado una vez más su plétora de vitalidad. Como agricultores han ganado los norteamericanos justísimos premios; como maquinistas e industriales han estado en el grupo de primera fila; como cultivadores del cuerpo y de la gallardía humana un Píndaro de ahora merecen sus atletas, discóbolos y saltadores; como artistas, ante los latinos que les solemos negar facultad y el gusto de las artes, han presentado pintores como Sargent y Whistler y unos cuantos escultores de osados pulgares y valientes cinceles. En el Palacio de Bellas Artes se han revelado nombres nuevos, como Platt, como Winslow Homer, como John Lafargue, que aparece en la exposición con sus temas samoanos como el R. L. Stevenson de la pintura. No, no están desposeídos esos hombres fuertes del Norte, del don artístico. Tienen también el pensamiento y el ensueño. Los hispano-americanos todavía no podemos enseñar al mundo en nuestro cielo mental constelaciones en que brillen los Poes, Whitmans y Emersons. Allá donde la mayoría se dedica al culto del dolar, se desarrolla, ante el imperio plutocrático, una minoría intelectual de innegable excelencia. Es tan vasto aquel océano, que en su seno existen islas en que florecen raras flores de la más exquisita flora espiritual. (¿En qué país de Europa se superan publicaciones como el Chap Book?) Whistler ha contribuido con su influencia a una de las corrientes en boga del arte francés contemporáneo. En la poesía francesa modernísima dos nombres principales son de dos norteamericanos: Villié-Griffin y Stuart Merrill. Los yanquis tienen escuela propia en París, como tienen escuela propia en Atenas. Entre esos millones de Calibanes nacen los más maravillosos Arieles. Su lengua ha evolucionado rápida y vigorosamente, y los escritores yanquis se parecen menos a los ingleses que los hispano-americanos a los españoles. Tienen «carácter», tienen el valor de su energía, y como todo lo basan en un cimiento de oro, consiguen todo lo que desean. No son simpáticos como nación; sus enormes ciudades de cíclopes abruman, no es fácil amarles, pero es imposible no admirarles. ¡Soberbios cultivadores de la fuerza! Sus escultores parecen en este certamen sus intérpretes; han enviado en bronce fuertes tigres, magníficos leones; Mac Monnier, el ímpetu dionisíaco en una bacante y la libertad de la naturaleza en un grupo de caballos; French, al bueno y fundamental Wáshington; St. Gaudens, al bizarro Sherman, y a un puritano; una mujer, miss Herring, su parte de poesía, simbolizada en Eco. Allá, en el palacio de la decoración, mobiliario e industrias diversas, sus muestras dicen el gusto conquistado, el home, que ama la comodidad y lo confortable, el lujo, la novedad del estilo moderno, la persecución de lo elegante; sus orfebres y plateros asientan la fama de tales labores en el país caro a Tiffany; sus relojeros compiten con los finos franceses y los hábiles suizos. En el palacio de la Electricidad, como en el anexo de Vincennes, el país de Edison, conserva su prepotencia aunque la fuerte Alemania se la disputa y en opinión de muchos se la gana. País que trabaja bien, se nutre bien; así en el grupo de agricultura y alimentación esos vigorosos trabajadores son ciertamente dominantes.

Han traído mucho y han traído bueno. Bajo los arcos de la soberbia galería están las Campanas de la Libertad; y se exhibe la flor de lo que produce la rica tierra del norte, de Chicago a Frisco, del Oregón a Lusiana, de Nueva Orleáns a Nueva York. Están el trigo profuso que teme hoy a su rival argentino; el arroz y las ricas legumbres, y sus infinitos maíces, de los que una cocina agregada a la sección compone platos sabrosísimos que distribuye a los visitantes: sopas de maíz, guisos de maíz, postres de maíz. La gama de los azúcares atrae; las carnes conservadas, los enormes jamones chicagüenses, el apretado corned-beef evocan los innumerables rebaños, las vastas praderas del cowboy, gaucho del yanqui, y esas exposiciones monstruos que de sus ganados suelen hacer los norteamericanos, como aquella que una vez celebró en La Nación, con su prosa lírica y pletórica, el pobre y grande José Martí, en una correspondencia que se asemeja a un canto de Homero. Traen vinos californianos, café, te y cervezas; y grandes troncos de sus bosques y manzanas, cananeas, y granjas en miniatura, que son juguetes, en donde los hombrecitos de zinc, guían caballitos de cinc, que arrastran máquinas agrícolas sobre campos de papier mâché, todo movido por mecanismo que instruye a los grandes y divierte a los chicos. Allí hay nuevos arados, nuevas segadoras, y otros inventos que perfeccionan y facilitan el cultivo de la tierra.

En el palacio de las Artes Liberales muestran el estado de su enseñanza, vistas de sus escuelas primarias y secundarias, fotografías de sus universidades, exposición de sus interesantes métodos, sus edificios ricos y elegantes, sus jardines y parque, sus instrumentos de cirugía, sus planos y mapas, y sus grupos de estudiantes, en sus ejercicios, nutridos de ciencia y fuertes de sport, helenistas y remeros, y que van con Aristóteles y Horacio a una partida de football. Y allá en Vincennes, al lado el velódromo municipal, en una construcción propia, una verdadera montaña de hierro y acero, en movimiento, propaga la expansión fabril e industrial de la nueva república anglosajona, y la potencia sorprendente de sus fraguas ciclópeas.

En la sección francesa de la exposición, en el palacio de bellas artes, ante la Salomé de Gustave Moreau, una mujer rubia, de fascinadora elegancia, de una belleza fina y fuerte a la vez, se detiene. Largo rato está, como poseída de la evocación, como penetrada del ambiente fabuloso de la mágica realidad del poeta. Su mirada, su atención a la música pictórica, su apasionado admirar, son de un espíritu muy sutil y culto. Las gentes pasan, pasan, y se agrupan ante los militares de Detaille, o ante las flores de la Sra. Lemaire. La rubia, cuyos ojos son divinamente azules y cuyos labios son floralmente rojos, la bella intelectual que esta magnetizada, clavada por la virtud del genio lleno de prestigios que se revela en la obra del aristocrático pintor, como de esas raras y sublimes estatuas de carne femenina, que habita por excepción un alma de sensitiva y de soñadora: esa mujer exterioriza su alcurnia espiritual y ante el artista es una princesa por derecho propio. Esa señorita es una ciudadana de los Estados Unidos.

En un bar elegante. Mientras «esas damas» ríen y gallinean ante sus botellas de champaña helado, y en sus sillas altas unos cuantos ingleses conversan con el barman y apuran sendos vasos de whisky and soda, y en las mesitas contiguas un mundo de alegres internacionales celebra los placeres parisienses, entra un hombre rojo, robusto, muy robusto, con una gran rosa en la solapa del frac, un gran brillante en un gran anillo, y un gran habano en la gran boca. Saluda a dos conocidas y se sienta a su lado. El barman le sonríe, el gerente le sonríe, el patrón le sonríe, y «esas damas» le acaparan con los ojos. El fuerte varón, gran bebedor delante del Eterno, y gran comedor, pide sandwiches, pide porter, pide champaña y todo desaparece en su persona inmensa. Mira a todo el mundo como sobre un pedestal. Su cara congestionada, de gladiador que fuese cochero, refleja una suma convicción de soberanía. Se habla de monedas y muestra luises, libras, águilas americanas. Se habla de billetes, y compara un grueso paquete de azules del Banco de Francia, con otro grueso paquete de espaldas verdes. Todos le observan. Al rato, pide más champaña, se lo bebe en dos sorbos, paga, da una respetable propina, se levanta, dos estupendas pecadoras se prenden a sus brazos, y sale contento, augusto, brutal, colorado, gordo, admirable! Ese es un ciudadano de los Estados Unidos.

En el concurso atlético. Los franceses han ganado la carrera de Maratón, que en los juegos de Atenas fué lograda por un griego. Va a tirarse el disco, va a lograrse el campeonato del mundo en ese ludus antiguo, y los griegos no encuentran rivales en el bando internacional, cuando se presenta un joven, vivaz, hermoso, de hermosura clásica, casi adolescente, de impecable anatomía apolónica, propio para ser trasladado a un cuadro de gracia natural y primitiva por Puvis de Chavannes. En cuanto los griegos le miraron tomar el disco, con el mismo ademán y la misma planta que el discóbolo del Louvre, y con una agilidad y elasticidad de miembros que maravillaban, se consideraron vencidos. Triunfó en efecto el joven extranjero, triunfó serenamente y sin fatiga. Ese joven pindárico, es un ciudadano de los Estados Unidos.

Después que Sada Yacco, la prodigiosa artista japonesa ha dado la sensación de su extraña muerte, en La Geisha y el daimío, la sala del pequeño teatro de la Rue de París, en la Exposición, queda en la obscuridad, mientras una música discreta impregna de armonía el recinto. Permitid que deje la palabra al recientemente malogrado Albert Samain, pues sus versos franceses son un regalo exquisito:

Dans la salle en rumeur un silence a passé...
Pannyre aux talons d’or s’avance pour danser.
Un voile aux mille plis la cache tout entière.
D’un long trille d’argent la flûte la première
L’invite, elle s’élance, entrecroise ses pas,
Et, du lent mouvement imprimé par ses bras,
Donne un rythme bizarre à l’étoffe nombreuse,
Qui s’élargit, ondule et se gonfle et se creuse,
Et se déploie enfin en large tourbillon...
Et Pannyre devient fleur, flamme, papillon!
Tous se taisent; les yeux la suivent en extase.
Peu à peu la fureur de la danse l’embrae.
Elle tourne toujours; vite! plus vite encore!
La flamme éperdûment vacille aux flambeaux d’or!
Puis, brusque, elle s’arrête au milieu de la salle;
Et le voile qui tourne autour d’elle en spirale,
Suspendu dans sa course, apaise ses longs plis.
Et se collant aux seins aigus, aux flancs polis,
Comme au travers d’une eau soyeuse et continue,
Dans un divin éclair, montre Pannyre nue.

Panira de los talones de oro, esa figura deliciosa que el lírico ceramista ha dejado magistralmente «en los flancos del vaso», Loïe Fuller, en fin, es una ciudadana de los Estados Unidos.