Al contemplar la mayor parte de esas esculturas, rudos esbozos, larvas de estatuas, creaciones deliberadamente inconclusas, figuras que solicitan un complemento de nuestro esfuerzo imaginativo me preguntaba: ¿dónde he visto algo semejante? Y era en las rocas de los campos, en los árboles de los caminos, en el lienzo arrugado, en las manchas que la humedad forma en los muros y en los cielos rasos, o en la gota de tinta que aplastáis entre dos papeles. Esto último resultó súbitamente a mi vista delante de algunos dibujos del maestro que han sido apuntes y documentos para la realización de formas esculpidas y plasmadas.
Una página de Eugene Carrière vino en mi ayuda. «El arte de Rodin, dice el gran pintor, sale de la tierra y a ella vuelve, semejante a los bloques gigantes, rocas o dólmenes que afirman las soledades, y en cuyo heroico engrandecimiento se ha reconocido el hombre. La transmisión del pensamiento por el arte, como la transmisión de la vida, es obra de pasión y de amor. La pasión, de que Rodin es el servidor obediente, le hace descubrir las leyes que sirven para expresarla, es ella la que le da el sentido de los volúmenes y de las proporciones, la elección del relieve expresivo.
«Así la tierra proyecta sus formas aparentes, imágenes, estatuas que nos penetran del sentido de su vida interior. Son esas formas terrestres las que fueron iniciadoras verdaderas de Rodin.» Se trata, pues, desde luego, de un gran espíritu libre, cuyo director es la naturaleza misma. Al pasar la cordillera de los Andes, ¿no habéis visto los colosales frailes de piedra que en la roca viva ha esculpido un cíclope y divino escultor? Ese es el maestro de Rodin. Éste persigue conscientemente el arte inconsciente de la naturaleza. Tal figura suya os trae a la memoria el bifurcado tronco de un árbol; otra, el gesto extraño que las aguas han labrado en una piedra, a la orilla del mar; otra, los caprichos que chorrea en amontonadas estalactitas, la cerca de un cirio. Lo que se manifiesta más imperiosamente es el don singular de poner en esas formas, una suma de vida que al contemplador causa un insólito pasmo. Mas confieso que hay muchas obras delante de las cuales el pensamiento no encuentra vía. Algunas figuras en su preconcebida rudeza, en obligadas posiciones y con el procedimiento rodiniano que descuida el detalle, me despertaron la idea de no sé qué vaciados hechos en desenterradas Pompeyas o Herculanos.
La prensa, las distintas interpretaciones de los críticos de arte, y las exageraciones del snobismo, causaron a Rodin bastante daño. Se ha querido y se ha conseguido que su obra excéntrica prive sobre su obra de claridad vibrante, de vigor plástico indiscutible, que no entraña más que la formidable omnipotencia de la belleza, sobre todos los procedimientos y sobre todas las escuelas. Mirbeau ha tenido razón, los señores de la crítica han dicho lo que se les ha antojado, menos que Rodin es un artesano genial, que en su oficio, y en su consagración realiza el milagro sin imponerse tareas sociales, mitos trascendentes, fórmulas esotéricas. Claro es y es sencillo, que todo espíritu investigador, y sobre todo, el imaginativo, puede sacar lo que quiera de esa misteriosa e inextricable complicación de formas y de movimientos. El milagro es la revelación subitánea de la vida, el encuentro en la materia, de la voluntad humana, del designio del artista, con la voluntad suelta y el designio de la naturaleza, que tiende a decir su secreto, a formular su íntima esencia. Si Rodin no fuera Rodin, habría franqueado el paso de lo sublime a lo ridículo. Felizmente para él, no le invade la «literatura». Es un dedicado, un consagrado a su caza de gestos, a su persecución de actitudes. Lo que no se puede poner en duda es su sinceridad, su lealtad al arte. A lo más se podría suponer que la influencia de sus intérpretes literarios y la humareda de la lucha intelectual encendida alrededor del Balzac, le han afianzado en su propósito de firmeza en el choque deliberado con el ambiente normal que le rechaza. Él obliga a inclinarse ante su fuerza, ante su estupendo gozo dionisiaco. Aplico la palabra en el sentido nietzschiano; pues si Rodin demuestra una innegable tendencia a lo feo, ello vendrá de lo que Nietzsche denomina la necesidad de lo feo—absolutamente griega—«la sincera y áspera inclinación de los primeros helenos hacia el pesimismo, hacia el mito trágico, hacia la representación de todo lo que hay de terror, de crueldad, de misterio, de nada, de fatalidad, en el fondo de las cosas de la vida». Espíritu aislado, como todos los grandes, va solo. «Es de la raza de los que marchan solos», dice de él un severo y apostólico artista, Jean Paul Laurens. Además, su armadura, a los golpes de los que le atacan, resuena con hermoso resonar. Está construída de lógica, a martillazos ciclópeos. Lo que constituye su talón aquíleo es su tácita sujeción a la idea de los críticos oraculares, el querer hacer símbolo e intelectualismo, cuando su fuente propia está en el sentimiento, en un gran sentimiento, y en la pasión, en una gran pasión. Es el divino escultor del Beso, el robusto creador de los Burgueses de Calais.
Por la tanto, os perturban, os desconciertan, labores como ese Genio del Reposo eterno, que encontráis frusto e incomprensible, sobre todo cuando recordáis el Praxiteles del Louvre en idéntica interpretación.
Entre árboles que la primavera anima está la casa en que el maestro ha juntado su producción: entre árboles, como un templo antiguo de Grecia. Hay días de moda, los viernes: «—¡Oh, marquise!—¡Oh ma chère!» Entra baste gente y los ingleses, como ya lo debéis suponer, abundan. Hay quienes sonríen, desde la entrada, como si entraran a un lugar vedado, y quienes tienen aire de decir a la humanidad toda: «¡Ah, imbéciles! entro en mi casa».
Ya en el interior, comienza la lucha de sensaciones.
Al pasar, sentís cómo os asen las manos de la vida, cómo os penetran los ojos, cómo os envuelve el aliento. Súbitamente, al entrar, la Guerra. Se ha hablado al tratar de ella, de la victoria de Samotracia como único parangón. Pero, ante todo, debo declarar que no concibo en Rodin un representativo del espíritu griego; Rodin no tiene de Grecia más que el concepto de la tragedia; es la máscara trágica la que le obsede. Vida, sí; pero humana, mientras en el arte puro griego existe la imposición de la vida divina. Ahí está la suprema particularidad de Rodin, en haber buscado y encontrado la fórmula de todo lo que el cuerpo humano tiene de extraño, en el movimiento, en el gesto, en la certificación de la vida. Pero no hay en él la virtud olímpica de Fidias, de Proxíteles, de los antiguos maestros helenos. Se comunica con los dioses inferiores. Una náyade, un fauno, una sirena, son suyos; mas con Júpiter o Apolo, se desequilibra. Cuando ha querido representar a Apolo, lo ha concebido soberbiamente, sobre las hidras, esparciendo la luz, creando las ideas; y la ejecución nos ha dado un muchacho agradable que no nos convence en su excelente mímica, de ser la encarnación de tan estupendo símbolo. La culpa es del predominio absolutamente humano y realista que existe en la obra de Rodin. La Guerra es de pequeñas dimensiones, y, como os he dicho, está a la entrada. Cuesta, indudablemente, detenerse, y no pasar, de modo sumario, a ver la gran masa blanca, el esfídgico volumen, la piedra de escándalo, el Balzac, que advertís en el centro de la sala, entronizado dominador. Y la Guerra, es de fuerte magnificencia. Esas dos figuras, el genio clamoroso y el combatiente caído, son dignos liminares de la exposición. Os certifican la influencia del genio, o si queréis mejor, del estupendo instinto, las soberanas anatomías, vibrantes de una idea simbólica y trascendente. Los brazos del genio abarcan toda la furia humana. Hasta el detalle del ala doblada, expresa el soplo de tempestad. El soldado musculoso que cae herido, dice la muerte y el desastre. Luego, os detiene una muchedumbre de figuras y figuritas como inacabadas, como proyectadas, y que sin embargo, se expresan definitivas. Y os cuesta convenceros de que sea el autor de esos caprichos minerales, de esas bizarras cristalizaciones, el mismo que ha hecho la bellísima Edad de bronce que erige su espléndida desnudez en el jardín del Luxemburgo.
¿Qué se os incrusta, sobre todo, en el cerebro, en medio de la contemplación? La obsesión de los elementos sexuales. Siendo el amor la ley de lo inmortal, Rodin lo clama a cada paso, hijo de la tierra, formulador de expresiones. Una cabeza de mujer, sugiere, en el mármol, la supremacía del abrazo, el límite del gozo. La vaga sonrisa, la revelación facial, son el poema. En l’emprise, es la victoria de la fuerza masculina en la conquista amorosa; eso es rudo, primitivo, elemental. Un fauno corre por el bosque—vosotros evocáis el bosque o rememoráis el verso de mi muy querido amigo Moreas:
Hier j’ai rencontré dans un sentier du bois
Où j’aime de ma peine á rêver quelquefois...