un fauno corre por el bosque llevando a una ninfa; es todo el pillaje selvático, la franca y alegre lujuria bajo el imperio de Dionisio. En otro grupo es la mujer, presa de las potencias amorosas la que vence al hombre. La osadía de las líneas canta la derrota del macho y al propio tiempo su victoria. Otro fauno porta a otra mujer, en un impulso glorioso. Y los motivos y los sujetos poemales se suceden. Venus y Adonis moribundo; sirenas y un tritón, que hacen comparar esta poesía escultórica de Rodin con uno de los más bellos y valientes cuadros de Boeklin; y un sinnúmero de intenciones y documentos plasmados: mujercitas de yeso con los pies para arriba, o acurrucadas, o en posiciones imposibles; martirizados torsos, lazos inextricables de brazos, de piernas; una faunesa que a primera vista os parece una rana; sobre un gran libro una funámbula de Liliput. Y no halláis qué pensar. Aquí decís: «este hombre es supremo»; y allá: «a este hombre le gusta el titeo»; y más allá: «este hombre es un genio»; y más alla: «este hombre está loco». Digo la verdad de mi impresión.

Y sátiros y más sátiros, y mujeres desnudas y más mujeres desnudas. Todo sincero, leal, franco, sin maldad, sin perversidad.

II

Así como para comprender en toda su intensidad la obra musical de ciertos autores, hay que escucharla varias veces y formar con ella una especie de intimidad mental, una escultura de Rodin invita y obliga a mirarla mucho y muchas veces. He pensado en una escultura «di camera», como se ha hablado de una literatura «di camera». Hay, pues, fuertes razones para que Rodin no sea accesible a la muchedumbre y, por lo tanto, que sus obras monumentales escollen. Los monumentos son hechos para las muchedumbres. La muchedumbre gusta de los grandes conceptos claros, de la retórica y de la oratoria. Un soneto de Mallarmé o un cuento de Poe no son para recitados en público.

Así, la belleza de cierta parte de los trabajos rodinianos es para iniciados. A primera impresión, un visitante que no tenga prejuicio artístico y que se detenga delante de algunas estatuas, no verá nada. La muchedumbre, por su parte, no comprendería, en absoluto. La simbólica de los decoradores de la Edad Media era interpretada, en los muros de los templos, en las tallas de las catedrales, en altares y puertas, por un pueblo cuya alma sencilla tenía fe, tenía esperanza e ideales.

La muchedumbre, la foule moderna no posee ese sentido de comprensión, envenenada de democracia, de charlatanería libresca y trabajada por todos los apetitos.

Surge ante mi vista el blanco menhir. Conozco la historia. Si algún parti pris tengo, es el de la admiración, el de la pasión intelectual. Y lo que brota en mi mente, primero, es la idea de que estoy delante de un fantasma.

Esto evoca las fotografías espiritas y las figuras de los malos sueños. Y todos los artículos de revista y la decidida voluntad de admirar, no impiden mi temorosa incomprensión, y el vago miedo de que estuviese envainada mi personalidad en la piel de un filisteo. No, decididamente, después de tomar por varios caminos, no entiendo del todo. Se trata de la más plástica de las artes. ¿Para qué haber modelado de antemano con loable tenacidad anatomía del autor de la Comedia Humana para venir a presentar esa cara deforme y esos grandes pies que se escapan de esa salida de baño? Miro de frente, y un profundo respeto por el genial artista no contiene la vaga sonrisa que se escurre a la violenta imposición de un aspecto de foca. ¡Deliberadas faltas de ortografía del Arte! M’introduire en ton histoire... Miro detrás y la masa inclinada clama por un puntal. Miro de lado y el dolmen elefantino se obstina en no querer revelarme su secreto. Entonces, con resolución completa, no me acepto a mí mismo, me increpo y me llamo en alemán bildungphilister, para castigarme por el lado de Nietzsche. Persisto en creer en la lealtad de Rodin. Sacerdote de la síntesis, nos habrá querido dar la esfinge moderna o la fórmula de un arte futuro.

Sus amigos de exagerado entusiasmo han aumentado la bruma sibilina, por sus distintas maneras de explicar, por sus contradicciones y por sus feroces ataques al simple burgués y al artista o crítico que no piensa como ellos. André Veidaux propone como lógica suprema, como medio de convencimiento decisivo, los puñetazos. El dulce anarquista llama como eufemismo, a tal sistema, «discurso atlético.» Confieso que no me complace mucho el box como última ratío artística.

Cuenta León Maillard que cuando se inauguró el monumento de Claude Gelée, un senador exclamó: «Nosotros encontramos mala esta estatua, y sin embargo, no somos bestias.» No suelen ser propiamente los senadores jueces en asuntos intelectuales; pero el ser senador no excluye el tener talento o buen gusto. Hugo lo fué; y un bibliotecario del senado hubo aquí que se llamó Leconte de Lisie. La frase del senador de Maillard la han repetido infinitos visitantes a la exposición Rodin...