Mi guía me conduce a través de un dédalo de capillas, después de hacerme ver la iglesia. Pero yo insinúo que mi objeto sería poder hablar con algunos de los reclusos. Mi interlocutor me gime imposibilidades. Los monjes no hablan con nadie sino en días determinados, y con previo permiso del padre superior. Sé después que tienen un día de salida cada semana, y que van a los montes cercanos a herborizar y a hacer ejercicio físico.
Penetramos a una celda vacía; celda no; más bien departamento amueblado, modesto, pero confortablemente. Una especie de antesalita, un cuarto comedor, con alacena y mesa; un cuarto dormitorio, con cama en que, según me afirman, no se usa otro colchón que uno hecho de paja; una puertecilla, por donde se puede hablar con el cartujo desde fuera, un oratorio. En el oratorio veo un viejo libro abierto, que ha dejado allí el padre que ocupó últimamente la habitación.
Es el Apparechio alla morte de Liguori. La celda da a un pequeño patio, al cual descendemos. Una verde viña a la sazón cargada de fruto, da sombra fresca; en el reducido trecho de las cuatro paredes, cuelgan de sus árboles peras doradas, manzanas, y jugosísimos higos; y cerca de un pozo antiguo, tendiendo hacia el cielo sereno y fecundador, misteriosa, como temerosa, amorosa, se abre la pasiflora.
Salimos hacia el gran patio del convento, en que una fuente, serena y solitaria, vierte una agua diamantina y sabrosa. Decóranla testas de becerros y delfines, y águilas enteras por cuyos picos caen los sonantes chorros. Bajo el sol caliente que hace arder la piel, esa agua está rica y fría, como sacada de una nevera. Vamos por los largos corredores; resuenan nuestros pasos sobre las lisas baldosas; entramos de nuevo en la nave de la iglesia. En un marco especial, cerca de un altar, está el libro de indicaciones para los monjes. Leo en una caligrafía anticuada y clara:
Die 15e. sept.—Missae dicendae in conventu.—Feria II pro Benefactoribus.—III de anniversaribus.—V de Beata.—Cœteris Diebus ut in Calendario.—Abstinentia erit feria II.—In hac hebdomada securrunt iejunia temporatia.
—A propósito—digo a mi acompañante—y ¿qué tal comen los reverendos?
—Cuando no ayunan, comen alimentos sencillos y sanos.
Y recordé que al pasar por el refectorio, había visto los frescos que representan a los buenos religiosos de antaño servidos por princesas piadosas, comiendo modestos platitos de sopa y huevitos pasados por agua. Pero también recordaba al portero, vigoroso y sonrosado a pesar de sus años; y los impagables ágapes a que he asistido en otras partes, invitado por mis amigos los frailes; el embonpoint des chanoines de que habla en su Lutrin el excelente Boileau; el chocolate de mis primeros maestros los jesuítas, y las venganzas de la simpática gula contra las terriblezas de la cuaresma. Místicas pinturas y la severidad del recinto borraron mis inoportunas reflexiones epicúreas. Allí, dentro de sus solitarios habitáculos, unos cuantos hombres, fatigados del siglo, o consagrados a la meditación de Dios por vocación, sirven, como dice Durtal, de pararrayos. Oran, piensan en la eternidad, saben domar la bestia, ascienden perpetuamente, en la beata solitudo.
Al salir, oigo un coro de alegres voces en charlas y vivas, lo cual no deja de sorprenderme. Y luego miro que las risas y las voces salen de las más frescas y rojas bocas que pueden obstentar garridas y frondosas adolescentes.
Sí, me explico. Es un colegio de niñas. El gobierno ha dispuesto que se le ceda la parte derecha del local. ¡Dios de Dios!