Pero, ¿qué está pensando el gobierno? ¡Estos varones del Señor buscan la soledad y se les planta junto a ellos la alegría en su más dulce forma; estos pobres ratones se aislan y esperan la hora en que la descarnada gata se los ha de llevar, y les vienen a poner a las puertas de la cueva el queso! Pueden los fuertes religiosos luchar como Jerónimo, como Antonio, como Pacomio, pero si luego aparece un proceso famoso, echan las gentes la culpa a una comunidad de carne y hueso, en que la debilidad humana o el imperio de la naturaleza, como gustéis, se manifiesta.

El tranvía me lleva a Pisa, y hoy mismo partiré para Roma, pasando por Livorno.

27 de Septiembre.

Livorno, a la orilla del mar, comercia, se agita, vive en los afanes modernos. Uno que otro viejo edificio, uno que otro monumento recuerda a los reyes pasados. En cuanto al bravo Víctor Manuel, no ignoráis que está en todas partes.

Una buena línea de tranvía eléctrico lleva hacia Antignano. Se va bordeando el mar y se goza de vistas hermosísimas y pintorescas. Se ven los astilleros de Ansaldo en donde unos cuantos barcos en construcción muestran sus costillares de cetáceo mondados, entre los cuales aborda un incesante martilleo. De aquí salió como sabéis, más de un barco argentino. Ansaldo, el viejo senador que tanto hizo por este puerto, tiene su estatua de bronce en la plaza que lleva su nombre. El tranvía va, según os he dicho, a la orilla del mar. Paseos llenos de amables verdores y boscajes decoran la ribera, en la que, más adelante, hay establecimientos balnearios y hoteles y restaurantes de veraneo. Y al otro lado, un buen número de villas, chalets y casitas, alegran y animan el lugar con sus elegancias, lujos y primores. Se ve que es el barrio de descanso de gentes ricas; se ve la consecución del esfuerzo, la certificación del engrandecimiento de una población que cada día irá aumentando su actividad y su energía.

Cuando el tren se detiene, después de pasado el parque principal, leo en una casa cercana: Orfeo, ristoratore. Lección simbólica de vida práctica.

28 de Septiembre.

A Ardenza se va en carruaje; así llego sobre el brasero del suelo y hostilizado por un sol implacable. Tiene razón el padre Malaspina con su pomposa manera de decir; aquí en verdad «il cocente ardore del sole, massime quando sferza dall’inflammato Leone, abbrucia come fornace le aperte spiagge, e spariscono assorbiti dal suelo arenoso minori ruscelli.» Me dirijo hacia el santuario de Montenero, en donde es adorada desde pasados siglos una milagrosa virgen que, según es fama, llegó providencialmente de la isla griega de Negroponto. Hay que pasar por Antignano, y allí se alquila una diminuta calesa para hacer la ascensión. Despacio subo el monte. En las puertas de las casas, viejas hacendosas hilan en ruecas antiguas. Otras mujeres me ofrecen vírgenes hechas de pasta azucarada, o racimos de uvas. Me como una virgen y me refresca un negro racimo. Por fin, he ahí el santuario. Desde la cima del monte se domina un espléndido panorama. Hacia el lado del mar, en el azul flechado de plata, surgen Cerdeña y Elba, y las dos islas que incitaban a Dante a moverse contra Pisa, la Capraia y la Gorgona; y a la orilla del agua inmensa. Livorno, y más allá la ciudad del Arno, y el Serchio; y en relieve sobre el fondo celeste, los Alpes apuanos. Al otro lado se levantan los Apeninos, y más cerca los montes de Pisa, y a sus pies la ciudad de la inclinada torre.

Un poeta del seiscientos cuyo nombre se ignora, dejó escrita en verso la tradición de la virgen de Montenero. Sus octavas ingenuas cuentan que siendo papa Clemente VI y césar romano Carlos IV, cansada esta virgen de vivir entre otomanos, que no la honraban, abandonó Negroponto y se vino al suelo toscano, a traer más esplendores al cielo y aliento a los corazones fieles. Unos pastores, a la orilla del pequeño río de Ardenza, apacentaban sus ganados. Vieron en una piedra, de pronto, un resplandor, y encontraron en el hueco de ella la santa imagen pintada en campo de oro.

Era in asse dipinta, e cossi bella
Che ritrata parea da un serafino,
Havea da parte destra aurata stella,
Et in bracio tenea Gesu bambino,
Con un incatenatta rondinella;
Sedera sopra un serico cuscino
Estava qu’angelica regina
Nel caro sen di quella selce alpina.