«Es así, dijo Fogazzaro; el misticismo es natural, no efecto de reacción.
Miranda aparecía en 1874, cuando todavía el naturalismo, con Zola a la cabeza, no había obtenido tan resonante triunfo que provocasen una reacción. Ahora bien; en Miranda, está claro, me parece, la necesidad de lo sobrenatural y de lo sobrehumano. Desde niño, aun por razones de familia, he tenido esas ideas; tengo cincuenta y dos años. Antes leía todos los libros que estaban en la corriente de mi aspiración, muchos libros ingleses: las Contemplations, de Víctor Hugo. Después, lentamente, fuera de ciertos libros de filosofía, especialmente ingleses, he concluído por evitar la lectura de libros animados por ideas semejantes a las mías. Ahora leo casi siempre libros de maestros naturalistas; estudio y admiro a Zola con entusiasmo.»
Es Fogazzaro un solitario que se complace en la soledad. Cuando va a Vicenza no habla de arte con nadie. Tiéntale el estudio de los fenómenos de la sugestión, espiritismo, hipnotismo. En cuanto al movimiento neomístico, no cree en la sinceridad de todos los escritores. A Julio Salvadori le juzga, sin embargo, sincero. Y dice: «soy católico rígido, severo, convencido. No concedo a mi fe ni oscilaciones ni dudas. No me hago una religión para mí, acepto el cristianismo católico y soy entusiasta. Hay que ver el catolicismo con ojos que alcancen lejos. En Italia ha sido y es siempre pequeño y contrahecho, en su apariencia. Mire en América la cuestión Knights of labour, que primero fué rechazada por el obispo Onebec, y después aceptada por los prelados más rígidos y sabios, con palabras tales, que aquí, en Italia, parecerían imposibles en boca de sacerdotes. ¡Esto conduce a proclamar la máxima de que la iglesia debe secundar los movimientos de la mayoría nacional! Y todavía mírese en Chicago el Congreso de las religiones, donde un príncipe de la iglesia ha entonado, entre los sacerdotes más diferentes, entre bramanes, mahometanos, confucistas, ulemas, una plegaria cristiana, y todos, universalmente, han respondido en coro con voces altísimas. ¿No es éste un sublime espectáculo? Y no es esto sino los casos más próximos, más visibles, más fáciles de recordar. Nosotros, nosotros somos pequeños; nuestros ojos son débiles, nuestras mentes limitadas. Pero el catolicismo es inmenso, y santo, y eterno.»
La cuestión de la patria tocóla el interviewer ligeramente. Lo cual hizo declararse liberal a Fogazzaro. Anunció un libro Piccolo mondo antico. Concluyó: «Yo soy un socialista católico convencido. La palabra del Cristo es el verbo del socialismo más sano, más recto y también más audaz.»
Por esto no comprendo cómo Matilde Seras haya escrito que la única cosa que le disgusta en la doctrina del Cristo era el socialismo. Pero si es el fundamento del cambio social. Y yo lo sigo aun fuera de la teoría, propagándolo en los libros y realizándolo en lo poco que puedo. El socialismo no matará el arte. El arte no muere. Se modificará, es cierto, pero ganará en sinceridad. Como se hablase de Tolstoi, juzgólo como una mente desequilibrada en gran manera, pero valientísima.
En la villa de Velo, fundada por aquel a quien Fóscolo llama qualtro comuni en su epistolario, los dos hombres de letras siguieron conversando.
En Vicenza, cerca de la villa de Fogazzaro, vió Ojetti a
PARLO LIOY
el sabio poeta, o más bien el poeta sabio.