Tal rápido retrato, se compadece perfectamente con el Ruffini que os vendrá a una imaginación después de la lectura de sus amables y fluyentes narraciones. Sus novelas son verdaderamente balsámicas y tienen la particularidad del exacto documento, por mucho que sea el ambiente romántico que en ellas circula. A D'Annunzio mismo, confesaba él la realidad de sus personajes, el ser sus fabulaciones copias directas de la vida, sobre todo la célebre del Doctor Antonio. Ya antes, él había repetido eso mismo, insistiendo en ser dicha novela una verace istoria.

Giovanni Ruffini nació en Génova el año 1807 y murió en Taggia el 3 de noviembre de 1881, en la villa Eleonora, finca de su propiedad. Sus padres, el abogado Bernardo Ruffini, y Eleonora, hija de la marquesa Carlo, tuvieron cuatro hijos: Ottavio, Jacopo, Giovanni y Agostino. Giovanni, a la edad de siete años, fué enviado por su padre a Taggia, y allí se crió confiado a los cuidados de su tío, canónigo, que se dedicaba más a sus olivares que a su sobrino. Poco acomodaticio a tan ingrata tutela, se fugó el muchacho, y entonces se le colocó de interno en el Reale Collegio di Génova, bajo la dirección de los padres Tomaseos. Luego pasó a la universidad, en donde conoció a Mazzini, que fué su íntimo amigo; con su hermano Jacopo, entró luego a las filas carbonarias.

Mazzini había organizado en Marsella la nueva sociedad La Giovane Italia, en cuyo comité figuraron los hermanos Ruffini, en arrojados intentos revolucionarios. Descubierta la conspiración, Jacopo fué denunciado, y junto con su hermano Attavio, preso. Jacopo se suicidó en la cárcel. Giovanni y Agostino lograron escaparse primero a Francia y después a Inglaterra, en donde se dedicaron a la enseñanza de letras. En 1848 volvieron a la patria y fueron elegidos diputados al Parlamento piamontés. Giovanni Ruffini fué nombrado por Gioberti ministro en Francia, pero no aceptó y devolvió las 9.000 liras que había recibido para gastos de viaje.

Fué una feliz resolución. Desde entonces se dedicó por completo a la vida literaria. Poseyendo el inglés a maravilla, escribía una lengua purísima, a punto de que uno de sus traductores, Acquarone, afirmaba a este respecto: «Si direbbe da noi, da trecentista.» Lorenzo Benoni y Angolo tranquillo sul Giura, obtuvieron un buen suceso, y le aseguraron un vivir holgado. En París pasó algún tiempo en relación con el mundo de la literatura y del arte; era un piloto admirable en la gran ciudad, según De Amicis, cuando a la sazón le conociera. Murió años después en Taggia, y en 1882, por iniciativa de los estudiantes genoveses, se colocó en el vestíbulo de la universidad una inscripción que dice: «A Giovanni, Jacopo, Agostino, Ruffini—Cuando piú tetra incombea la tirannia—El l'ignavia dei voghi appellavasi pace—con virile intendimento di libertá—La gioventú italiana—Educarono—Alla religione della patria a del vero—Travolti da la via dell'esiglio Giovanni e Agostino—con gli scritti e con l'opere—Tennero alto l'orgoglio del nome italiano—Cui gli stranieri stanchi d'invidiare Onorarono—Jacopo venuto a mano degli oppressori—Suggellava la sua fede di mártire—Col rifluto magnánimo della vita—Perche alla venerazione dei posteri—Non mancasse l'esempio—Di tante cittadìne virtú—Gli studenti del genovese Ateneo ponevano.—1882.»

Pero, ¿queréis saber algo del Doctor Antonio? Tenéis razón.

Se trata de una novela de amor y de patria, aromada de un optimismo generoso, que para consuelo cierto, se basa en la vida real. La escena primera pasa entre Génova y Niza, en esa deliciosa vía de la Cornice, que no olvidará nunca el viajero que la haya recorrido al amor de los dos divinos azules del mar Mediterráneo y del cielo italiano. Un noble inglés viaja con su hija, que busca su salud en la tierra del sol, y sabido es cómo el país del humo y del spleen envía sus cargamentos de cisnes y de rosas anualmente a Italia a proveerse de primavera. Lucy, la más lilial de las misses y en la cual emplea Ruffini todos sus blancos y sus suaves rosados, es la flor de la narración. Un accidente desgraciado en que la joven sufre y la causal intervención de un médico de campaña—el Doctor Antonio—es el origen y principio de la historia romántica y romancesca. El tipo del Doctor Antonio es una de esas creaciones caballerescas y llenas de vida que no abundan hoy, por cierto, en la literatura a la moda, con excepción del sonoro Cyrano, de sublime penacho; un espíritu bravo y puro, impregnado de naturaleza, fuerte y decisivo, soñador no obstante, creyente apasionado en el ídolo de la patria y sensible al roce de una hoja de flor su carnadura de meridional asoleado y martillado para tempestades. Es ciertamente un patriota en el poético sentido de la palabra, un patriota de esos tiempos fulminantes de la Italia de Pío IX, extensamente descrito en tantos volúmenes especiales y contenidos de manera magistral en una página de psicología histórica de Gebhart. Un patriota del país del arte, un tanto lírico en su sinceridad y, por lo tanto, noble y simpático.

Un Doctor Antonio que bien pudiese ser una transmutación del mismo Ruffini. El médico siciliano y la señorita inglesa, más felices que los árboles de los versos de Heine, se encuentran. Pero el idilio de la palmera y del pino no podrá tener su completa realización. Esta simpatía sutil que va haciendo hasta convertirse en amor, ese vínculo espiritual y pasional que une desde luego a la bellísima londinense con el bruno caballero de su Italia, tiene que romperse; ella cae en el matrimonio y él en la política. Pero después de larga ausencia vuélvense a encontrar, y aquella antigua llama revive por un momento, para ser apagada bruscamente por la tristeza y la muerte.

Amor tardíamente confesado, a pesar del fuego contenido y devorante; desilusión de la existencia amorosa, sacrificada a la pasión patriótica.

El Doctor Antonio, prisionero, que rehusa, en la escena final, la libertad de su siempre amada, por abnegada causa; Lucy, o sea Lady Cleveton, que expira, así como se rompería un fino vaso de cristal. El intermedio lo ocupa la parte de historia política, con la información profusa que debía de tener Ruffini, o diversos episodios interesantes, entre ellos el de los amores de Speranza, la muchacha italiana, fresca y dulce y buena como una fruta de su país. Italia aparece siempre en todo el libro con su influencia benigna y dadora de la alegría y del bienestar. Con razón, cuando el padre de Lucy, lord Davenne, ha encontrado, como Aníbal, su capua en la Hosteria del Mattone, exclama el autor: «¡Oh, Italia, bella Italia! Tú posees el secreto de amansar y someter todo carácter de hombre, por muy arisco y rebelde que sea. Aquéllos sobre quienes sopla tu tibio aliento, ceden a ti. Muchos han venido a ti con oído y con desconfianza, con la lanza en ristre; pero no bien gustaron la leche suave de tu seno, arrojadas las armas a tierra, te han vencido y llamado madre. Está llena toda la historia de tales conquistas; tierra madre de grandes bellezas y de grandes dolores.»