La cita de este párrafo me lleva a hablar del estilo de Ruffini. No he podido conseguir el original inglés; pero en la versión francesa que conozco, y en las dos italianas que poseo, sobre todo en la de Acquarone, que me parece la mejor, se revela un escritor de raza, elegante, sin pompa, y que supo librarse de la declamación oratoria de su tiempo, sin perder su lirismo nativo, su pasión, y su verbo. Para las citas de la parte política de su historia, se basa en Bonaccorsi y Lumía, Amazi y Gualtero. Sus descripciones son de un pintoresco sugerente y parco, hechas con observación y poesía, sin que falte de cuando en cuando la dulce y misteriosa nota de acuarela propicia al ensueño. Así en la entrada de la novela, en la pintura del santuario, en distintos puntos en que Ruffini se demuestra eximio paisajista y sentidor veraz del encanto natural. Maneja el diálogo con vivacidad, y apenas suele perturbar la agradable sutileza de las escenas, una que otra desertación explicativa que basa la parte que llamaría «civil» del argumento. Mas lo que en realidad nos ase y comueve, es el fuego de los caracteres, el conflicto. Lucy es una hechicera creación de Ruffini, que corresponde en literatura a una de las bellas figuras pictóricas de su semi-compatriota Dante Gabriel Rossetti. Hay un vínculo mental que une claramente a Italia e Inglaterra: los nombres de Shelley, Byron, Rossetti, Ruffini, etcétera, bastarían para atestiguarlo.


MARCO AURELIO SOTO
El ex-Presidente de Honduras, muerto en la guerra de Cuba.

A ser cierta la noticia publicada en La Nación, el Presidente de Honduras, Marco Aurelio Soto, ha concluído su vida de manera que no se hubiese pensado nunca.

Vivía en París, rico y tranquilo, después de haber gobernado su pequeño país, en donde contaba con un partido no por cierto insignificante. Era hombre culto; bajó de su Presidencia porque sí, razón que en la América Central priva sobre todas. Se recuerda su Gobierno como una especie de Luis XIV; el Luis XIV de Honduras. Bajo ese Gobierno, las musas, representadas principalmente por un emigrado cubano—poeta famoso, José Joaquín Palma—, fueron tratadas como Reinas. Se decretó la adaptación oficial de la Ortografía de la Real Academia Española, y en el Diccionario de la Lengua, en la lista de los socios honorarios de la ilustre Corporación, que son tan sólo siete, y entre ellos dos testas coronadas, figuran dos centroamericanos, uno de ellos Marco Aurelio Soto. El Doctor Holmberg no podrá negar que aquella ley ortográfica merecía la singular distinción.

Como la mayor parte de los Presidentes de la América Central descienden del Poder cuidadosamente prevenidos para las vicisitudes de la vida, Soto hizo lo mismo. Buenamente descendió de la Presidencia y se fué a la capital preferida de los rastas, en donde tuvo el buen gusto de no ser uno de ellos. Antes bien, se dió a sus estudios preferidos; y, gozando de sus rentas, sin los ruidos de Guzmán Blanco y sus demás imitadores, frecuentaba medios intelectuales y se hacía apreciar por sus buenas dotes. Laurent era su compadre, y Vacquerie era su amigo. En la colonia hispanoamericana era estimado y querido. Creo no equivocarme si afirmo que, con Heredia y Vacquerie, asistió al banquete dado en París en honor del general Mitre. El poeta Palma le administraba en Centro América sus intereses; y a trabajos de su lírico amigo debió que se le desembargasen sus inmuebles en Guatemala, confiscados cuando el Gobierno de Honduras le atacaba con especial firmeza.

Palma es el autor de muchas poesías que tuvieron gran boga en el continente, entre ellas la célebre Tinieblas del alma, una de cuyas estrofas fué atribuída a Andrade, quien la había dejado entre sus papeles, copiada de su letra: