guarnecido de oro,

la clásica elegancia

con seriedad ejerce y arrogancia.

¡Fué, pudo ser! Los alamares de oro

rozaron con el asta ensangrentada.

En la arena tendido yace el toro,

y de pie, sonriendo, está el espada.

Veinte mil voces—una—gritan locas.

Mas ello es en el caso en que la fiera resulta en absoluto vencida por el arte del hombre. Hay otro momento terrible en el que el hombre es el vencido y la fiera la vencedora, cuando por un descuido o un error, o una fatalidad, se produce la cogida. Entonces:

Su inesperada acometida ha hecho del elegante paso