Es a todas luces, claro el contraste entre este trabajo de fina escena y la obra de corteza áspera que anteriormente se ha ofrecido al público.

Se ha vuelto a comprobar la distinción artística de Vitaliani, cuyo cordaje nervioso, cuya alma de elección, cuyos recursos plásticos, cuya vitalidad pausante y sensitiva, la señalan como a una eximia y prestigiosa intérprete de la creación teatral.

Se ha advertido en esta vez mayores fuerzas en ella, unidas a mayores gracias. Ha ejercido su dominio con más imperial grandeza artística que otras veces; ha sabido sollozar mejor, hablar mejor, gemir mejor, ser mujer mejor.

¡Lira de los veinte años! Anoche ha vibrado para muchos, en la renovación de muchos sueños, la resurrección de horas supremas, el retoño de tiempos pasados; la Dama de las Camelias hizo verter unas cuantas lágrimas a los nerviosos y conmovibles oyentes.

¿Qué escena señalar? Señalaré la de la llegada del padre de Armando, la conversación con él y el sacrificio de la pobre Margarita.

Y, a propósito, recordaremos una cuestión suscitada por Teodoro de Bauville en una de sus maravillosas cartas quiméricas: la entrada del señor Duval, padre, a la casa de Margarita Gauthier con el sombrero puesto. El divino poeta no podía admitir que un caballero francés cometiese tal falta de cultura, así penetrase lleno de todos los rencores posibles en casa de la última mujer perdida. El problema es para ser discutido y aprovechado en la sección de «Vida Social».

El momento en que Vitaliani, Margarita, se despide del viejo M. Duval, fué de aquéllos que dejan una impresión imborrable. Fué momento de actriz absoluta. En el acto último, según impresión general—la cual corrobora el juicio de esta crítica—Vitaliani murió mejor que nunca: es decir, que su realismo y su traducción del instante mortal fueron decisivos en la admiración de la sala.

Muy celebrado De Sanctis, como en la primera vez, y el resto de la compañía, plausible siempre.

El público demostró su satisfacción con llamadas repetidas y aplausos calurosos.

Y para que fuese mayor el triunfo, la inevitable estupidez humana hizo acto de presencia con el más sonoro eco que pudiera brotar de la cabeza de Bottom: un silbido asnal.