Y sirven, señor, en italiano, un estupendo engendro, relleno de gracias de vaudeville, de chistes de grueso cedazo; de una sal pesada, imposible y que indudablemente se quería disculpar con la inexcusable «gaité gauloise». Sí, es esa «gaité gauloise» que ha constituído una de las desventuras del exquisito poeta llamado Armand Silvestre.
Es la bufonería de anchas bragas, que le pagan a tanto por ciento al creador de Laripette y compañía. Un cuento a lo Laripette, más o menos bien urdido y puesto en el pentágrama escénico, para que lo griten y mimen unos cuantos actores de buena voluntad: he ahí la famosa pieza de anoche, abonada en el Victoria por 312 noches seguidas del teatro Des Varietés, de París. Y que si es soportable en francés por claras razones, se hace absolutamente abominable en una traducción.
Y la Vitaliani descendió a representar un grosero tipo de sainete, un papel a todas luces indigno de su talento; ¡así las continuas elevaciones de sus ojos lo hayan querido salvar...!
Y otros tantos buenos elementos de la compañía se han caricaturado para la función de risa, con un éxito claramente satisfactorio.
Fueron aplaudidos, sí. Fueron aplaudidos el jovial abdomen de Bracci, las payasadas de Rodolfi, los sacrificios de ingenio que el discretísimo Falconi se vió constreñido a ejecutar.
Toda la comparsa de títeres secundarios estuvo también digna de tal aprobación.
Lazzi, ocurrencias, divagaciones y chispas dialogales, cosas de uso en las comedias cultas; todo ello fué de una chatina incomparable.
Querer exponer el argumento y entrar en detalles, sería no guardar las consideraciones intelectuales debidas a mis lectores.
En cambio, hablemos de la reprise de la Dama de las Camelias, que logró un éxito fundado y del cual tienen que estar satisfechos los actores.