La fama había anunciado ya a la actriz recién llegada, aunque no con las trompetas que avisan el paso de la Duse, y aun de la preciosa Tina di Lorenzo. El estreno de anoche ha demostrado a través de los inconvenientes de una obra cual la elegida, que la Vitaliani es algo más que lo que se califica con el fácil adjetivo de «discreto». Ya en el principio, en la representación de la delicada pieza de Cavalloti, logró manifestar que hay en ella cualidades que, si no se imponen de luego, se hacen notar favorablemente.
Que Italia, tierra de la antigua farsa, es país de comediantes, es cosa bien sabida desde que Cyrano de Bergerac señaló el don en cada italiano. Si le faltan autores, actores le sobran. De la Mandrágora, de Maquiavelo, a las tentativas modernas de Praga, cuán poca cosa si se compara con el acervo escénico de las otras grandes naciones; pero, sin ir muy lejos, de Gustavo Modena a Novelli, ¡qué hermosa sucesión de intérpretes artísticos! La gloria de las actrices italianas no palidece delante de ninguna extraña gloria, y bien pueden nombrarse después de Rachel y Sarah, a la Ristori y a la Duse.
Hemos visto ya cómo se levanta la bella Tina, y cómo Virginia Reiter, en su espléndido otoño, encanta y atrae y se coloca en un alto lugar.
Los cómicos italianos son los más cosmopolitas del mundo en la elección de sus obras. Ellos dan a conocer tanto lo escandinavo de moda como lo francés olvidado o lo alemán recientísimo. Ellos se atreven a obras que en París mismo son dadas en teatros especiales, y para auditorios restringidos y selectos; y presentan valientemente a Ibsen o a Mæterlink ante públicos que están demasiado satisfechos con los repertorios fáciles de comprender, y poco afectos a novedades abstrusas que no vienen bien para las tranquilas digestiones. Compréndese que la compañía de la Vitaliani, en vez de estrenarse con la Anabella, de Ford, por ejemplo, nos haya dado la Niobe, de los Paulton.
La Niobe ha hecho reir; ha dado ocasión a que la graciosa Italia, en su peplo griego, haya mostrado personales riquezas y haya declamado de manera que se le aplaudió sus grotescos endecasílabos.
Pero hay quienes hubieran preferido reir menos y tener alguna más de alto arte. Después de la delicada obrita de Cavalloti, habrían deseado algo distinto a ese parto del humor británico, Niobe.
Es ella una obra para las grandes risas de un grueso público; una obra por un lado comparable a Orphée aux enfers, sin música, y por otro, a las pantomimas de los circos. Los hermanos Paulton fabricaron esa cosa con absoluta comprensión del reinante gusto actual; el Strand se llenó en Londres más de seiscientas veces; los yankees se deleitaron con la estupenda machine; los alemanes la aplaudieron en su Lessings Theater, y cuando los públicos latinos la conocieron, se desencuadernaron a carcajadas.
Ciertamente, en el país de los scholars no podía faltar aún en tan inepta creación como esta, el muestrario clásico. De cuando en cuando Footit rememora a Sófocles, en versos griegos. Y míster Peter Dunn, hombre de seguros, conoce perfectamente la fábula de Anfión.
Por el ansia de lo extranjero han ido a buscar al escueto teatro inglés contemporáneo bufonerías como esta y la famosa Charley's aunt, con que no hace mucho tiempo hizo desternillarse a nuestro público el hábil Seigheb.