Porque, es duro decir que en aquella tierra, apenas conocida por el canal y por el café, no hay, en absoluto, aire para las almas, vida para el espíritu. En un ambiente de tiempo viejo, al amor de un cielo tibio y perezoso, reina la murmuración áulica; la aristocracia advenediza, triunfa; el progreso material, va a paso de tortuga, y los mejores talentos, las mejores fuerzas, o escapan de la atmósfera de plomo: ejemplo, Medina, el banquero de París, o sucumben en los paraísos artificiales; ejemplo, el poeta Cesáreo Salinas, o mueren en guerras de hermanos, comiéndose el corazón uno a otro, porque sea presidente Juan o Pedro; ejemplo, José María Mayorga Rivas.

He leído la orden general en que el presidente Zelaya hace justicia a Mayorga; sé, por carta del actual ministro de Relaciones Exteriores, hermano del joven sacrificado, también hombre de letras, y diplomático que desde hace seis años ha honrado a su país en Wáshington, sé, digo, que se va a publicar un libro en homenaje a la memoria del muerto.

«Te pido para sus páginas un párrafo o una estrofa tuya. No debes negarme esto, que te pido en nombre de nuestra amistad y del cariño que sé tuviste a mi hermano.»

¡Pues ya lo creo! Doy mi ofrenda, con amor, a aquella amable memoria. Era, mi amigo difunto, corazón del más bello oriente, triste, opaco, a causa del medio en que vivía. Si estuvo algún tiempo al lado de algún Gobierno cruelmente memorable, sus labios y su pluma tuvieron después frases ásperas y condenatorias para los traidores. Hizo versos, soñó, fué un buen muchacho. Fué mi contrario y mi amigo, siempre noblemente. Su muerte ha sido la de un valeroso militar; sus últimos versos los de un verdadero poeta.

Estas son las palabras que envío al hogar de duelo, donde se venera la barba blanca y patriarcal de un anciano ilustre; éstas son las palabras que desde lejos, dedico a una querida memoria.

13 mayo 1894.