José Martí, era su íntimo amigo. Confesaba que debía a la amistad del ilustre cubano, más de una buena obra, más de un útil pensamiento puesto en práctica.

La popularidad de Charles A. Dana en los Estados Unidos era inmensa. Su diario, el Sun, es una de las grandes potencias del periodismo mundial.

Distinguíase el célebre diarista por su energía y firmeza. Era hombre probo y severo. El pueblo yankee veía en él a un varón que encarnaba una de las primeras representaciones de esa raza nueva y formidable.

Los latino-americanos tenían en él un criterio simpático y un amigo.

Conocía también, como pocos compatriotas suyos, todo lo relativo a la América española. Era buen admirador de Sarmiento, y supongo que Bartolomé Mitre y Vedia debe guardar buenos recuerdos de aquel noble y excelente anglo-sajón.

Muchas campañas políticas llevó a cabo; su nombre llegó a sonar en una célebre candidatura. Entonces fué cuando le ocurrió lo del cuento de Mark Twain.

Sus enemigos se desencadenaron en su contra. El hombre probo fué maculado; el honorable Charles A. Dana, fué crucificado en muchas hojas de la Unión. Pero después pasó la tempestad, y el Sun brilló con mayores fulgores.

Como periodista era una portentosa cabeza. Aquel hombre de gusto, aquel literato, aquel artista, era un estupendo ciudadano del país del dóllar; tenía el don del éxito; la información de su diario es comparable a la del Herald o New York Journal.