Tiene veintitrés años—era en 1891—, edad en que se cree en Dios como en el amor, en la poesía, en la esperanza... Ella no se da cuenta de que hay pobres muchachas que no tienen tres millones, que están colocadas entre la prostitución y el hambre, y que tienen necesidad de que se les deje creer en alguna cosa para resistir a las tentaciones de la miseria». «La desgraciada niña no es tan culpable como parece. Era, en verdad, graciosa, cuando, dando los buenos días a todos, se paseaba alrededor de la mesa, en las comidas de Víctor Hugo... Es Lokroy quien»... Y aquí la ineludible conclusión: ¡el semitismo tiene la culpa!
Esa infancia de Jeannette, de George, de esos nietos que tuvieron por arrullo un inmortal y amable coro de versos: El arte de ser abuelo, ha sido una especie de leyenda. Ellos fueron los infantes de Hugo, emperador de la barba florida.
Por el secretario de Hugo, Lesclide, se saben cien pequeñas cosas, ligeros detalles, adorables incidentes y simples monadas. Recordemos algo de Jeannette en la vida íntima.
El maestro, anotaba Lesclide, adora a su nieta, y cuando no es madame Drouet quien nos trae sus «mots d'enfant», él lo hace voluntariamente.
—¿Cuándo tendré la muñeca que me has ofrecido?—preguntó Juana a una dama poco antes de los «etrennes».
—Pues—respondió la dama—el día 1.º del año que viene; es la época en que nacen las muñecas.
—Te aseguro, replicó Juana, que no hay necesidad de esperar tanto tiempo. ¡Nacen muy bien por Pascuas; hay huevos que están llenos de ellas!