Augusto Vacquerie, el escritor que acaba de morir, le dijo un día con tono serio:

—Señorita Juana, ¿sabes que tienes una cuenta a cobrar en el Rappel?

—¿Qué cuenta?

—Tres francos setenta y cinco, por tres mots de la semaine.

Juana duda y se vuelve a mirar a su abuelo.

—Papá—así llamaban a Hugo sus dos nietos—, ¿es cierto eso?

—¿Cómo?—responde el poeta—. ¿Tú escribes en los diarios? ¡Y sin avisarme!

Un día Juana dice a su abuelo:

—Papá, ¿no soy suficientemente grande?

—Sí, amor mío, lo eres.