—Sí, pero vendrá un ujier vestido de negro y con una gran cadena, y te dirá: ¡Señorita, vos no sois senador!

—Y yo responderé: ¡Señor, yo soy su nieta!

Una noche, en el salón un tanto sombrío de la rue Drouot, 20, madame Charles Hugo tenía un bebé sobre sus rodillas y lo vestía para dormir.

A alguna distancia, Víctor Hugo hacía arrodillarse a Juanita, dans le plus simple appareil, y le hacía decir su plegaria. En esa plegaria, extraña a las liturgias conocidas, Juana pedía a Dios ser discreta y obediente, le recomendaba a su padre muerto, a su tío Francisco Víctor, enfermo entonces, y todas las personas que le rodeaban.

La pequeña Juana interrumpía la oración con bien ingenuas reflexiones. No se cuidaba, por ejemplo, de orar por su hermano, que le había dado un mojicón.

Un día Juanita y su hermano Jorge se divertían ruidosamente en el salón rojo de la rue Clichy, con la efusión natural a su edad. Entre otros juegos, se había tomado al gato Gavroche para un steeplechase; pero Gavroche, pacífico y serio, no había querido. Su amiga Juana lo llevó entonces al nido maternal despidiéndole: «tú quédate con tus padres». Después de lo cual llamó a su abuelo y le explicó sus intenciones. Y el abuelo puso su gloria en cuatro patas.

La chiquilla recibió al día siguiente estos versos:

L'autre soir, en jouant avec votre grand-père

dans l'antre où ce buveur de sang fait son repaire,