La tertulia se acaba; los senadores se van; no hay sino una voz para alabar la ténue de mademoiselle Jeanne.
Lo cual le hace venir otra idea.
—Abuelo, ¿quieres llevarme al Senado mañana?
—Sí, si eso te divierte; no tienes sino que ir con tu madre.
—¡No, con mamá no quiero, contigo!
—No es posible, no te dejarían entrar.
—Pero si tú lo dices...
—Aunque lo diga yo.
—Y bien, tú no dirás nada; me tomarás de la mano, entraremos y me pondrás sobre tus rodillas.