—¡Y bien!—dijo el abuelo—. Arregla eso con tu madre; por mi parte, acepto con gusto.

La chiquilla estaba contenta con aquella muestra de confianza.

—¿Sabes política?

—No; oiré lo que dirán.

Por la noche los senadores concurrieron.

La señorita Juana, agarrada de la levita de su abuelo, los escucha atentamente. Una formalidad ejemplar. Víctor Hugo muestra una gran vivacidad oratoria, se exalta, y su voz sonora hace resonar el salón rojo.

—¡Papapá!

—¿Qué, hija mía?

—¿No es conmigo con quien estás enojado?

—No, «Ma mignone».