Crisantemos, perfume de nuestros años de jóvenes, vuestros ojos son dulces como los de los trovadores; en vuestros pétalos de oro, en vuestros encantadores atavíos, nacéis en los umbrales de los graves destinos.

Y vuestro brillo discreto no es si no divino.

Al declinar el día, cuando la luz expira, cuando la brisa suspira y corteja al gran bosque, vosotras arrojáis, risueñas como un Dios Silvano, vuestras canciones, en la faz de los brumosos otoños, llamando los besos de los Soles monótonos.

LAS FLORES

(MALLARMÉ)

De las avalanchas de oro del viejo azur, en el día primero, y de la nieve eterna de los astros, antes sacasteis los grandes cálices para la tierra, joven aún y virgen de desastres.

La fiera Gladiola, con los cisnes de cuello fino, y ese divino laurel de las almas desterradas, bermejo como el puro dedo del pie de un serafín, que enrojece el pudor de las auroras holladas; el jacinto, el mirto de adorable brillo y semejante a la carne de la mujer, la rosa cruel, Herodias en flor del jardín claro, aquella que riega una sangre soberbia y radiosa.

¡Y tú hiciste la blancura sollozante de los lises que, rodando sobre mares de suspiros que roza, a través del incienso azul de los pálidos horizontes, sube, en un ensueño, hacia la luna que llora!

¡Hosanna en el sistro y en los incensarios, Padre Nuestro, hosanna del jardín de nuestros limbos!