(ROBERT DE LA VILLEHERVÉ)

Encanto de los ojos extasiados, los rosales divinos; los rosales no darían tantas rosas, si no fuese la juventud en flor, que, rota, después del dolor, renace y revive en las cosas.

Las rosas de púrpura o de plata, que junio, artista diligente, reviste con los colores de la vida, en su brillo, en su palidez, son la metamorfosis en flor, de una niña arrancada por la muerte.

Y por eso, en los repliegues de sus pétalos delicados, obstinadamente, la rosa oculta—como las vírgenes el suyo—su corazón de oro, gloria de la flor, su corazón invisible, sin mancha.

Y por eso, en los rayos, cerca de ella, las mariposas azules revuelan querellándola, y la aman mujer, la aman flor, y el claro enjambre acariciador quisiera aun morir por ella.

Y por eso, la fresca mañana, bajo la seda y el raso, hace, para adornar la flor querida, una perla de cada lágrima y una estrella de cada perla.

CRISANTEMOS

(HENRI CORBEL)

Flores que vertéis el olvido de los odios obstinados, vosotras dejáis sobre nuestros corazones el pesar de los bellos días, viniendo a inspirar nuestros últimos amores: vuestros rayos son el adiós de las estaciones afortunadas.