Y Cyrano contesta:
Je l'ai lu.
Et me découvre au nom de cet hurluberlu.
Francia, de tal manera se inclina ante la desgracia del Caballero Andante de las Naciones, porque sabe que, como dice el poeta, si las aspas del molino de viento le han echado hoy por el fango de la derrota, otras veces le han levantado en sus giros hasta los astros.
Los señores sabios nos demuestran que no existen razas; que la raza latina, más que ninguna otra, no existe. Muy bien. Yo soy de la raza en que se usa el yelmo del manchego y el penacho del Gascón. Yo soy del país en donde un grupo de ancianos se sientan cerca de las puertas Sceas, a celebrar la hermosura de Helena con una voz «lilial», como dice Homero; yo soy de los países pindáricos en donde hay vino viejo y cantos nuevos; yo soy de Grecia, de Italia, de Francia, de España. Y cuando España está abatida y veo apagado su esplendor antiguo, rotas sus armas, secas las mamas que alimentaron el mundo en que he nacido, vacilante la corona que ilustraron cien capitanes y celebraron cien poetas, estoy triste, muy triste; cuando Grecia cae, padezco; y cuando Italia sufre, sufro; y cuando Francia, la reina Francia, está de canto con ella. ¿Sabéis qué es una fiesta de Francia? Una Gran Patria de opulentos senos, como la Libertad, de Barbier, se yergue enorme en su bronce, en el Imperio de los vientos; y a su alrededor la alegría como la Primavera, de Boticelli, ceñida de guirnaldas, seguida de cantos y de risas; el orgullo, armado de una espada de oro; el amor con su compañía de horas y de gracias; la Marsellesa, como en el bajo relieve del Arco; la canción jovial, rítmica y desnuda cual la encarnada en mármol Charpentier. Es la apertura, la súbita eclosión de las rosas del recuerdo, la visión de las floralias del porvenir. La Galia pasada revive, el viejo espíritu franco se anuncia con sus pájaros matutinos. Y el grito marcial Allons enfants... no asusta a los cisnes ilustres que en los lagos de Versalles algo buscan, haciendo misteriosos signos en el fondo de las arboledas con el blanco énfasis de sus cuellos.
A clarín sonante y a tambor batiente fueron anoche los franceses de Buenos Aires, a saludar a su ministro, a sus diarios, a su club. Pues aquí en la República Argentina hay también un pedazo de Francia en donde amando el terruño hospitalario se guarda el culto por la gran patria que está al otro lado del mar. Entre la procesión de antorchas y estandartes iba la bandera de los tres colores. Cada corazón saludaba el símbolo. Trabajadores, comerciantes, periodistas, agricultores, obreros: los colonos franceses son queridos aquí; son planta buena que arraiga bien. Ellos no dejan de ser franceses; sus hijos son argentinísimos. Con todos ellos hemos aplaudido en nuestro suelo a sus estrellas de arte, a sus hombres de ciencia. Nuestras encantadoras mujeres se visten en francés y nuestras mentes jóvenes más que a otra luz mira lo que nos llega al amor de Francia.
Celebran su fiesta los colonos como en casa propia, y no de otro modo podrían ser en donde riegan sus himnos por las calles adornadas; dicen a voz ardiente sus discursos patrióticos; congregan en la plaza pública sus huerfanitos que se sienten como llenos de padres en este día de sonrisas; van a visitar a sus pobres enfermos en el hospital donde hoy triunfan violetas, vinos y colores; juegan a la pelota, cual recordando el juramento histórico; distribuyen socorros a los necesitados; pedalean y patinan bebiendo un aire de gozo; van a saludar quand même! la estatua de Alsacia Lorena, y en los teatros, con lujo y alegría, se canta, se recita, se aplaude, se ríe, y en los salones, se baila, se halaga, se siente, se ama ¡todo por amor a la Francia! Lo propio el rico propietario o el clubman en su círculo, que el obrero en su asociación o en su café preferido. Hay un placer contagioso que se derrama en ondas atrayentes. ¡En la comida, en la cena familiar, poned atención cómo el buen abuelo canta su couplet, de Beranger todavía!, y todos contestan con el «refrán».
Allá en París, allá en Francia entera, hierve el inmenso entusiasmo. El presidente presencia la gran revista; todo el día es un bouquet de sol y música. Pero en París, como en Buenos Aires, como en todos lugares que haya franceses, esta noche, esta madrugada, al poner la cabeza en el descanso, los niños sentirán que ha pasado la noche buena de la patria; las damas soñarán con amores que llevan escarapela tricolor; los ancianos se sentirán satisfechos de ver cómo no muere el patriotismo a pesar de tantas saetas modernas que le van directamente al pecho; todos soñarán por la futura y progresiva creciente de la grandeza maternal.