Celto-germana, burgonda o normanda, toda la sangre de Francia se vierte en una sola vena, toda la savia francesa da alimento y existencia a una sola selva de fuerza y de gracia, en donde una Bella—despierta—del bosque, en su maravilloso palacio, ofrece a todo caballero errante de la poesía o de la gloria, el vino prodigioso de sus inexhaustas ánforas. ¡Selva de enorme y dulce encanto!, en ella encuentran los ojos absortos, ya a Carlo Magno sobre su pino, ya a Víctor Hugo bajo su laurel.

Son de «biniou», canto de marino de Bretaña, risueña farándula de Provenza, danzas provinciales, sus ecos nos llegan con los de la incomparable voz de París, dominándolo todo en clangor de gallo, o una cristalina diana de alondra. Y el arraigarse nuestra simpatía, no es tan sólo por ser Galia toda bella de su magnífica persona, sino también por la fragancia de su nobleza, por la virtud interior que se manifiesta en sublimes ímpetus o en brazos y alas abiertos: Francia, es hermosa por dentro; Francia, es buena; Francia, es generosa.

Me habláis de horribles y sublimes locuras, de sangre; el populacho, la caramañola, el cuello blanco de la reina... (Esas son las estaciones de las naciones.) Floreal viene precedido de tantas tempestades... Mas ved cómo aún de esa roja floración, cada libre pueblo de la tierra ha ido a hacer su ramo, y en sus días de fiesta, se adorna con él el pecho. Por otra parte, el himno de Rouget de L'Isle, ha vibrado ya en el Kremlin y en el Vaticano. A Europa toda, a Oriente, al continente nuestro, el fuego de la vasta hoguera de la Revolución ha llevado una parte de su resplandor. Parece que algo del alma de todas las naciones hubiese salido libre de la Bastilla en el día siguiente de su asalto.

Mas la amable tirana de Francia se muestra de modo principal en su pensamiento, que levanta sobre la humanidad, gemado como un cetro. Bajo la basílica de oro, un pontifice invisible hay que consagra y pone en evidencia toda idea que llega de cualquiera de los cuatro puntos cardinales. Allá está la rosa de los cuatro vientos del espíritu. Su lengua es la verdadera lengua católica, en el verdadero sentido, la lengua del Universo. Hoy podemos decir lo que en su siglo decía el maestro del Dante: La parleure en est plus delitable et plus commune à toutes gens. D'Annunzio confirma a Brunetto Latini.

El mongol, el abisinio, el persa, el descendiente del inca, el cacique, no hay quien, por bárbaro o ignorado, no alimente el gran deseo de contemplar la ciudad soñada. París es el paraíso de la vida, Francia es el país de la Primavera y del Gozo para todos los humanos. Yo creo sentir lo que todos. ¿Es el Sol? ¿Es el aire? ¿Son las flores? ¿Los monumentos? ¿Son las mujeres? ¿Es la historia? En muchas partes hay historia que revive en memorable fastos; bello Sol, aire puro, flores raras, palacios soberbios, monumentos magníficos, mujeres llenas de gracia o beldad. Mas he ahí el sol de París, que nos llena de átomos de oro como un licor impalpable, cuerpo y espíritu; he ahí el aire de París, que nos satura de una maravillosa fragancia, de una inacabable esencia de juventud y de entusiasmo, de manera que nos sentimos como dueños de una imperiosa potencia de crear y de sentir; he ahí las flores de París, como más femeninas que las flores de ninguna otra parte, pues diría que los mismos lirios parisienses saben ya los secretos sonrosados de las rosas; he ahí los monumentos de París, las joyas de París—tu Gioconda, tu Victoria de Samotracia—; he ahí la mujer de París: su nombre es Poliginia; comprende en sí a todas las mujeres, y es ella sola, es la mujer; buena burguesa o tipo de Cheret, o perversa de Rops, hay en ella el innato hechizo que fascinaría de nuevo a los hijos de los ángeles. Y, sobre todo, eso pasa como un aire de luz el alma de la Francia, el heroísmo, el soplo artístico, el vuelo aquilino de los triunfos. En aquel castillo está, rodeada de palmas y de lirios, Clemencia Isaura. Sobre aquel fondo de púrpura, se destaca imperial el perfil de Bonaparte. Tras la estación triste, un trueno de trompetas anuncia que la Francia siempre está en pie, coronada de yambos o ceñida de odas. Tener la flauta de Verlaine no le impide tener los clarines que portan las victorias del Arco del Triunfo o las bocinas del Año Terrible. Tras el grupo de sabios, sobre el hombro de Pasteur, alza la testa de toro el Balzac de Rodin. Pueden agitar el fondo de la fuente patria las maculadas manos de la política, los dedos en garra de la Administración prostituida; el alma francesa purifica el daño—¡ah, en veces por el fuego y por la sangre!—y se alza, intacto, el antiguo oriflama, sin rasgadura ni lodo. El Arte y la Ciencia tienen allí sus torres de asilo, cuando la tormenta pasa. La Tierra necesita de Francia. Por más que claméis, Naciones hipócritas, allá está la sal y la miel. Sal de Francia, ¡tú desafías todas las corrupciones; tú estarás siempre en todo bautismo cordial y mental!

Francia es hermosa por dentro. Francia es generosa. Ha tiempo, tanto tiempo que cortó la roca Durandal y torció el alifante el soplo heroico... Ha tanto tiempo que desde sus sombríos habitáculos escribía el segundo Felipe de España: He ordenado al duque de Parma que socorra a mi ciudad de París... Apartado casi de la vida de las Naciones políticas del mundo, pobre, gastado, el hidalgo vecino es provocado, desarmado, aplastado por un nuevo enemigo, más fuerte, más joven, más rico.

Francia entonces estará de parte de la hidalguía caída, de la nobleza quebrantada, del antiguo y contrario paladín en desventura. ¡Bravos franceses! De Guiche pregunta a Cyrano de Bergerac:

... Avez vous lu Don Quichot?