Es en verdad digna de estudio la vida política de esos países centroamericanos. South America no cuenta con ejemplares tan admirables de perfecta tiranía. Luego ¿no es asombroso que de republiquitas cuyos habitantes son los de un barrio de Buenos Aires, puedan extraer esos tiranuelos dineros con que ufanarse varias veces millonarios?

Un día, Emilio Castelar, ofrecía en su casa, de Madrid, un almuerzo al representante de una República centroamericana, antiguo colaborador de La Nación. Como éste viese en una panoplia, entre varios retratos de celebridades universales, uno de Carlos Ezeta, dijo, poco más o menos, al célebre tribuno:

—Voy, señor, a buscar en Madrid un retrato de San Martín o de Bolívar, de Bello o de Andrade, para que esté quien debe estar en el lugar que ocupa en esa panoplia el presidente del Salvador. ¿Sabe usted la historia política de Carlos Ezeta?

Sonriente, Castelar, se dirigió a un amigo suyo, invitado al almuerzo, el Sr. Abarzuza, que después ha sido ministro.

—Esos países, esos países, están aún en estado primitivo.

Y continuó en larga peroración, con su manera siempre oratoria y maravillosa. Habló de las frecuentes revoluciones americanas, de las tiranías nuestras desde Rosas a los Ezetas, pasando por Guzmán Blanco y Rufino Barrios y Zaldívar. Bien enterado de nuestras agitaciones y pequeñeces, disertó de modo magistral, concluyendo, optimista, por augurar un tiempo mejor. Y en cuanto a la particularidad del envío del retrato de Ezeta, habló de la pomposa dedicatoria, y de cómo no era el primer retrato de mandarín americano que hubiera recibido con dedicatorias semejantes.

El retrato del tirano salvadoreño le había llegado por medio de los hijos de su amigo Carlos Gutiérrez, el millonario de San Sebastián, los cuales eran agregados, si mal no recuerdo, a la Legación del Salvador, presidida por Enrique Soto.

De este ministro contó aventura tan peregrina, que quizá jamás se haya visto cosa semejante. Consultaba, nada menos, con Castelar, la manera de ser recibido por la reina Cristina, sin pronunciar el discurso correspondiente...

¡Y cómo reía el maestro cuando narraba el caso!