¡Y esa riqueza, y ese robo, y ese peculado de arriba ante la miseria y los sufrimientos de abajo, y esa ignorancia y ese fanatismo, provechoso a quien no solamente es el Monarca absoluto, sino también el Papa, el jefe espiritual y sacrocesáreo de tantos millones de hombres! Y esos grandes duques, borrachos, que vienen a hacer escándalo a casa de Maxim, a los hoteles de la Riviera; esos aventureros haraganes, que desde que nacen tienen millonadas de rublos, honores, consideraciones, respetos... ¿Cuántos de esos Vladimiros y Cirilos andan a la cabeza de las tropas allí donde los infelices soldados están muriendo, sin saber casi por qué, y a los que no se les da más consuelo que iconos y bendiciones? La sangre derramada en la guerra y la de los obreros se juntan para la conciencia rusa, que no ve más que una causa: la secular oligarquía, que había de desaparecer al empuje de la Revolución rusa. Por más que murmuren los incrédulos, ya se verá en todo el mundo el resplandor que brotará de la ardiente hoguera de la Revolución rusa... Yo me voy; otros compañeros se van. Vamos exponiendo la vida, pero hay que cumplir con su deber. Aquí, en París, en otras partes de Europa, en los Estados Unidos, tenemos focos organizados, que alentarán de diferentes guisas al impulso. No ha de pasar mucho tiempo sin que grandes acontecimientos revelen a la Humanidad que el pueblo ruso no es un pueblo muerto. Allá serán capaces de matar a unos cuantos directores; matarán a Gorki, por ejemplo; pero hay muchos jacobinos que le reemplazarán. La protesta activa se hará también notar en otras partes, sobre todo en donde la población del Zar abunda, en donde somos los rusos de ideas libres vigilados y perseguidos... Y luego, repito que en el pueblo de allá no hay tanta ignorancia de lo que pasa. Los proverbios son, como sabéis, la sabiduría de las naciones. Y los proverbios nuestros dicen: «La Rusia es grande y el Zar es ancho». «Si el Zar nos da un huevo, nos toma una gallina». «La corona del Zar no le libra del dolor de cabeza». «Cuando el Zar muere, ni un mujick quisiera cambiarse por él». «Una lágrima del Zar cuesta al país muchos pañuelos». «Un Zar bien gordo no pesa más en las espaldas de la muerte que un mujick flaco». «La mano del Zar no tiene más que cinco dedos, como las otras». «El Zar mismo no puede apagar con su soplo el sol».

—¡Adiós!—me dijo Azaroff.—¡Quién sabe si volveremos a vernos!

—¡Adiós, Azaroff, amigo mío, puesto que vas a tu tierra a trabajar por la libertad de tu pueblo inmenso!

Luego he visto a su amiga, la hermosa estudianta. Le hablé del compañero que partía, y vi en su rostro admirable, en el gesto de sus frescos labios, en lo hondo de sus brillantes ojos, más orgullo que pesar.

—Qué, ¿no hay amor?—le pregunté.

—¡Sobre el amor—me dijo—está la libertad!


ONOFROFFISMO
La comedia psíquica