—«Sí—me contestó con una voz que yo no le conocía.—¡Sí, por fin despierta Rusia, por fin despierta de un profundo sueño de siglos!»
Las noticias: el pueblo por primera vez alzando su voz de protesta; el Zar ignorante y como acorralado en su palacio titubeando entre la oleada de afuera y la opresión de adentro; la sangre sobre la nieve en plena capital autocrática; las tropas peleando y lanceando a la muchedumbre; un pope que lleva la voz de los que protestan y a su lado la simpatía de toda la tierra; el comienzo de una tragedia que será la repetición histórica de la gran tragedia francesa de la Revolución; así el paisano ruso no está a la altura del paisano de Francia, ni la monarquía del autócrata de San Petersburgo está en iguales condiciones que la elegante y culta monarquía que tenía por flor suprema el libro llamado María Antonieta, el evangelismo tolstoiano de Yasnaia Poliana transformándose en la acción violenta y la represalia, el «padrecito» convertido en verdugo de su pueblo.
—«El padrecito convertido en verdugo de su pueblo, quizá malgré lui»—dije a Azaroff.
—«Sacha, el padre de este «padrecito», fué despedazado por la dinamita—me contestó.—El fenómeno que hoy presencia la humanidad es el de la transformación de la protesta individual o de asociación, en protesta colectiva y unánime, en el grito general del pueblo ruso. Se ha cazado en las calles y sobre el Neva helado a las pobres gentes, como a patos. No sabe lo que hace el Gobierno, no sabe lo que ha hecho. Las célebres palabras: C'est une émeute?
—No, sire c'est une revolution! tiene ahora una explicación justa. Se ha despertado a esa enorme Nación, en verdad, de su sueño de siglos. Es cierto que, en el fondo de las estepas, hay una pasividad casi de piedra y que se ignora todo; mas el Mujick mismo oirá estos clamores, y la sangre tiene una elocuencia irresistible. Son los trabajadores los que se levantan y son los intelectuales; y hay los creyentes y hay los que no creen. Os aseguro: en el ejército mismo hay una buena parte que está con nosotros.
Ha habido soldados, ha habido cosacos que han arrojado sus fusiles para no tirar contra sus infelices hermanos. Hay quienes opinan que es menos peligrosa para la Corona rusa la acción colectiva que la acción individual, yo digo que una no quita otra, y que no impide la obra revolucionaria el gesto anárquico y vengador de un Sasonoff. Hay quienes también censuran la oportunidad del movimiento, y dicen que no es de quienes buscan el bien de la patria el levantarse cuando el extranjero enemigo está venciendo al ejército nacional allá en Manchuria... A Manchuria debían haber ido a disparar sus rifles los asesinos de obreros, de mujeres y de viejos y de niños; a Manchuria debían haber ido a mostrarse valientes, y no contra los trabajadores desarmados que no han ido sino a pedir justicia; que no han solicitado más que ver al emperador, el cual ha evitado la entrevista por mal aconsejado o por miedoso, a pesar de la tranquila actitud popular y de las advertencias del bravo pope Gapon.»
Azaroff fumaba, y sus palabras, indignadas, salían envueltas en humo.
—Ya veréis—continuó—cómo renace en un momento la energía de los indomables de antaño. Se dice que el Gobierno sabrá reprimir el movimiento. Sin embargo, el explosivo va, como el grisú, por lo subterráneo. Se agitará el pueblo en Varsovia, en Riga, en todas partes; los Centros revolucionarios que trabajan en el extranjero activan su labor. No será extraño, y será casi seguro, que los atentados aislados del nihilismo empiecen de nuevo. ¡Ah, pobre gigante ruso! ¡Por un lado, se hace destrozar por los hábiles japoneses, que ellos sí, a pesar de ser el Mikado descendiente de Dioses y a pesar de haber sido hasta ayer un pueblo bárbaro, tienen Constitución, tienen leyes que reglamentan el trabajo, tienen libertad de la Prensa, y por otro, se hace fusilar por los seides de la más absurda tiranía en pleno siglo XX!