Todos los intelectuales se quejan del actual decaimiento.

La mayor satisfacción para un hombre de letras—por no decir la única—es que sus producciones sean discutidas, criticadas y leídas.

No ha mucho hemos visto a nuestro general Mitre, al pie de una enorme, formidable montaña, a cuya cima se asciende por escalones de granito de hierro, de oro, de diamante, de desconocidos metales astrales: la montaña dantesca. Al poner el pie en el primer escalón: Nel mezzo del Cammin... alzó la vista a la altura y llenóle de temor la emprendida ascensión; más lejos, vió llameante el infierno en donde pensó quedarse como traductor si le alcanzaba la condenación que acompaña a los traductores infieles: «traduttore traditore»; más allá los prodigios del purgatorio; en la cumbre la gloria divina, la inmortal aurora del Paraíso. Y poseido de la fe en el arte y en su poeta, siguió hacia arriba, escalón por escalón, terceto por terceto, hasta poder escribir ya en la cima después de esfuerzos admirables, el verso ansiado de la coronación de la obra. El amor que al sol mueve y las estrellas. Después de todo, ¿quién sabe si refresca y halaga más a esa frente marcada por la guerra, el fresco y verde laurel de los poetas que las coronas ganadas en las luchas tribunicias, o las palmas de las batallas?


EL AMIGO AZAROFF

Tengo un amigo que se llama Azaroff. Es estudiante; vivía en un cuartillo estrecho y barato del barrio. ¿Es nihilista? No lo sé. Lo sospecho. Lo conocí en una conferencia de Mecislas Galberg, una noche, en el café Voltaire. Es un hermoso gigante rubio, de frente pensadora, ojos dulces, brazos fuertes, largos cabellos. Escribe sobre filosofía y sobre poesía y hace versos en su idioma. Es silencioso; mas en horas de amistad y de expansión mental se desborda en un francés puro—le conoce admirablemente—y ese eslavo, ese bárbaro parece un ardiente latino. ¡Cuántas noches hemos hablado de altas cosas, de nobles asuntos, recorriendo las orillas del moroso Sena! Ha sido amigo de Gorki y me ha contado curiosas anécdotas de la vida de ese sincero y grande escritor. ¿He dicho yo que Azaroff es muy pobre? Con un escasísimo puñado de rublos que recibe mensualmente de un pariente moscovita, logra todavía «proteger» a dos compañeros. Uno de ellos es una joven que estudia medicina y que es de una belleza soberbia e imponente. Ahora, sabed bien esto que parece extraordinario a mi sangre meridional y a mi idea de la existencia: Azaroff no tiene el menor interés sensual ni sentimental con esa cuerda y admirable amiga. Ella no le ama; él no la ama. Se quieren y se cuidan como dos camaradas buenos. Ella le hace el menage, le zurce la ropa; le pega el botón que le falta; le va a buscar las patatas fritas; le calienta el samovar. Él le lleva flores y libros usados de los quais. Leen juntos sus novelitas y sus poetas; van al concierto el domingo; una que otra vez al teatro. Después se separan con un cordial apretón de manos. Y él es para mí maravilloso así; y ella es honrada, como lo pueden asegurar sus vestidos más que humildes y sus zapatos gastados. ¡Con ese par de ojos, con esa tez de rosa fresca con ese cuerpo y en este París!

Esta mañana vino Azaroff a verme, muy temprano. Su visita era visita de despedida.—«Me voy me dijo, me voy en el tren de esta noche». Blandía un diario. Tenía en los ojos, suaves y azules relámpagos. Jamás le vi así. Recorría la habitación movido por sus nervios en tempestad. Comprendí lo que pasaba en su espíritu.—«Las noticias de su tierra... ¿no es así, mi querido amigo?»