O Dieu des cœurs, par charité,
Ramène-nous notre compagne
Rends-nous notre Félicité.
En nuestros días, reyes y hombres ilustres de la política no han tenido a mal frecuentar un poco la lira. León XIII, Don Pedro II del Brasil. En las Cortes europeas hay más de una bas-bleu conocida. La misma reina Victoria ha escrito su librito de recuerdos. El rey Humberto es un regular dantista, según se asegura. El rey de Grecia, versifica; el emperador de Alemania acaba de dar a luz su Canto de Hegir...
En cuanto a los hombres de Estado, Gambetta, hacía versos; Bismarck, no echa en olvido sus clásicos. En España, Cánovas tiene alto puesto entre los académicos poetas.
En Inglaterra es más común encontrar al político-literato. En todo inglés de cierta cultura está el scholar que duerme... Un periódico inglés pregunta, con motivo de la reciente publicación del Horacio, de Gladstone:
«¿Gladstone es el último de los hombres de Estado que combinan el estudio de los clásicos con la política? Las citas latinas son ahora raras en las Cámaras y en los discursos electorales. El griego ha sido casi excluido. Desde luego, la poesía en general hace mal menage con la política moderna. Los versos que se citan son sacados, probablemente, de ópera cómica... Felizmente, varios de nuestros hombres de Estado más en boga se distinguen por otras cualidades que las del político.»
No son muchos, por cierto, los casos que pueden citarse, en nuestras Repúblicas americanas, de hombres públicos que tengan amor a las letras y las cultiven. Sin referirnos, por supuesto, a los diletantismos gramaticales de Guzmán Blanco, apenas podemos recordar uno que otro nombre. Entre los primeros, el del actual jefe de la República de Colombia, Dr. Miguel Antonio Caro, a quien se debe, como es sabido, la mejor traducción de Virgilio en lengua castellana; el del inolvidable e ilustre doctor Rafael Núñez, que aun en los más agitados períodos de su vida de repúblico no pudo olvidar el cultivo de las letras; el de otro presidente, el del Ecuador, Dr. Luis Cordero, que es poeta filólogo y americanista consumado y que ya en el ejercicio del alto cargo que hoy desempeña, envió al Congreso de Huelva, en 1892, la contribución de un valiosísimo Diccionario quichua, y del general Bartolomé Mitre, que después de una larga vida de brega y triunfos civiles y militares, ofrece ejemplos de constancia, laboriosidad y vigor intelectual incomparables, obras como su versión completa del Dante, sus estudios lingüísticos y los frutos menores de sus descansos y vagares.
Esos ejemplos son honra para el continente y deben parecer cosas extrañas para el europeo—con justicia prevenido desde antaño contra nuestro modo de ser moral y nuestra cultura—que mira realizar tamañas empresas y brillar intelectualmente a varones semejantes en el país de los sargentones y de los rastas—virgen del mundo, ¡América inocente!
Y noble y trascendental lección da el traductor americano de la Divina Comedia a la generación que hoy se levanta en su patria, al ruido de tanto tráfico comercial y tanta agitación política y tanto y tan funesto olvido del espíritu. Bien habló a ese respecto en estas columnas el Dr. Maguasa.