La intelectualidad paraguaya es tan contada como distinguida y vigorosa. Manuel Gondra, Cecilio Baez, José S. Decoud, Alejandro Audivert, Teodosio González y otros literatos, poetas pensadores, constituyen una verdadera élite mental. En el ministerio, en la cátedra, en la tribuna, en el libro, el pensar paraguayo es eminente.
El alma nativa, propensa al ensueño y enamorada de la gloria, da campo a los escritores nacionales para ejercer el apostolado de todas las grandes ideas del arte, de la filosofía, de la patria. El mismo dialecto Guaraní, lengua armónica, melodiosa y sensitiva, revela la varia intensidad del espíritu paraguayo, y es una demostración de la grandeza de aquel pueblo. Tal lengua tiene su literatura. Una literatura llena de brillo y sentimiento, que cuenta con poemas de vasta inspiración, en que son alabados dulcísimamente los encantos naturales: el natural amor, el río de plata, la flora magnífica.
En el Paraguay se atiende con particular esmero a la instrucción pública, y entre sus más entusiastas y eficaces propagandistas no es posible olvidar a Arsenio López Decoud, educacionista y escritor notable; a Enrique Solano López, hijo del mariscal Francisco Solano López; a Teodosio González, doctor en ciencias jurídicas de la Universidad de Buenos Aires; ni a Carlos Cálcena, que asistió al Congreso Científico de Montevideo, en 1901, representando al Instituto Paraguayo.
Ni hemos de omitir tampoco el nombre de quien ha sido calificado como el más brillante de los poetas nuevos del Paraguay: Juan E. O'Leary, periodista valiente y autor de libros evocadores. Con O'Leary han contribuído al realce de las letras continentales Ignacio A. Pane, Manuel Codas, Alejandro Brugada hijo, y otros que en el momento no recordamos. Todos ellos intelectos meritorios.
No de otro modo puede ser en un país, en donde lucen figuras como las que presenta Silvano Mosqueira, en sus Semblanzas Paraguayas que acabo de recibir, y que me he complacido en leer.
En el prólogo explica Mosqueira: «La importancia de una Nación no se juzga sólo por su riqueza económica, por los millones depositados en su tesoro, sino también, y muy principalmente, por la cantidad y calidad de sus hombres de pensamiento.»
Luego nos habla de Manuel Domínguez, Cecilio Baez, Blas Garay, Héctor Velázquez, Manuel Gondra y Juan Silvano Godoy de modo entusiástico y justiciero.
Refiriéndose a Manuel Gondra, a quien el que estas líneas escribe tuvo la honra de conocer en la Conferencia Panamericana de Río de Janeiro, y de apreciar de cerca sus altas dotes mentales, dice Mosqueira:
«¿Cuál es el papel histórico que los acontecimientos señalan a D. Manuel Gondra en el escenario político de su país? ¿Cuál es la misión que debe desempeñar un ciudadano colocado a su altura moral y científica?