»Llegó, sin embargo, al Paraguay la gran revolución del siglo; tendió el progreso sobre la tierra los rails de la ferrovía, por aire los alambres del telégrafo y teléfono, y el vapor por sus ríos navegables, y la heroica viuda, cumplido el luto por el fatal destino, abrió de nuevo su pecho a la esperanza, despojó a sus hijos de anticuadas preocupaciones, ensanchó sus estrechas creencias para que entrara en sus templos la luz de la fraternidad y de la tolerancia, dió a fundir para calderas de vapor el hierro de sus montañas, empleado antes en campanas, fusiles y cañones, compró segadoras y trilladoras para los colonos, cargó los trenes y navíos con las producciones naturales y desarrolló la industria y el comercio, que sirven de base a la prosperidad.

»Desde 1870, todo se ha modificado y transformado en el Paraguay en sentido favorable. El trabajo ha emancipado al pueblo de la miseria y de la orfandad en que lo dejaron los desastres pasados, mejorando su condición moral y social; la riqueza pública ha aumentado considerablemente, debido a las múltiples causas económicas, y el movimiento general en todas las esferas de la actividad es en la actualidad superior al de cualquier otra época pasada. El desenvolvimiento que adquieren las instituciones de crédito, las industrias que cada día se implantan, la rápida y creciente valoración de la propiedad y la importancia que han adquirido las transacciones comerciales por sus proporciones, son signos de prosperidad, que vienen a revelar que existen en el país gérmenes fecundos de vitalidad que, desarrollados convenientemente, concurrirán a la formación de la grandeza futura.»

La historia del valiente Paraguay es una epopeya sui generis. Pueblo fundado en condiciones tan especiales como las dispuestas por la real cédula de 1609, su organización fué única en el Continente.

Dice Lisoni en la monografía:

«Los jesuítas encargáronse de la sumisión de los nativos y de su conversión al cristianismo. Fundaron ciudades, construyeron templos y establecieron el régimen especial de las reducciones. Fué tal la organización de las misiones paraguayas y la educación que daban a los aborígenes, que no sólo desarrollaron enormes riquezas, sino que también cimentaron el poder religioso más grande que recuerden los fastos americanos.

»Dueños así de más de 160.000 indígenas, provocaron graves dificultades a los gobernadores españoles por fines netamente materiales, hasta que, cansado el Gobierno central, hubo de disponer su expulsión y la de todos los dominicos ibéricos, en 1767, pasando las misiones a poder de frailes franciscanos y mercedarios.

»La obra de los jesuítas vivió mientras ellos dominaron; pues como dice Héctor Decoud, el edificio social levantado por ellos se desplomó con su salida, dejando sólo el triste rastro de una funesta educación. Aquellos padres, en lugar de organizar pueblos con aspiraciones a la libertad y al progreso, formaron esclavos fanáticos sin ninguna iniciativa personal.

»Latente ese estado de cosas, llega el instante solemne de la Independencia, inspirada por Fulgencio Yegros y Pedro Juan Caballero. Realizóse el 14 de Mayo de 1811, sin efusión de sangre, merced a la energía y decisión de este último, a la adhesión incondicional del pueblo a la causa emancipadora y a la tentativa del gobernador español para restaurar el régimen de la colonia, constituyéndose la primera Junta gubernativa de la República con Bernardo de Velasco, como presidente, y los vocales Gaspar Rodríguez de Francia y Juan Valeriano Zeballos.

»El 18 de Julio del mismo año, reunida la Asamblea paraguaya, creó una nueva Junta de Gobierno, formada por cinco miembros: Fulgencio Yegros, Gaspar Rodríguez de Francia, Pedro Juan Caballero, Francisco Javier Bogarin y Fernando de la Mora; el primero como Presidente y el último como Secretario, y dictó una serie de leyes relativas a empleos políticos, civiles y militares, acordándose, en lo que respecta a los negocios extranjeros, conservar íntimas relaciones con Buenos Aires y demás provincias confederadas anular el juramento prestado al Consejo de Regencia y desconocer la Corte de España, y nombrar al doctor Francia diputado al Congreso General de las Provincias Unidas.

»Con motivo de un conato de revolución instigado por los españoles y descubierto oportunamente, hubo de reunirse el 1.o de Octubre de 1813 el segundo Congreso General, con asistencia de mil diputados electos, con el fin de ratificar la declaratoria de Independencia, cambiar al Paraguay el nombre de Provincia por el de República y sancionar una Constitución que confiaba el ejercicio del Poder Ejecutivo a dos magistrados, con la denominación de Cónsules, que tuvieron el grado de brigadieres de ejército, cuyas obligaciones principales consistían en asegurar la conservación, seguridad y defensa de la República, formar el Tribunal Superior de Justicia, desempeñar la Comandancia General y atender a los demás ramos de la Administración.»