El territorio hondureño está situado entre los 83°20' y 89°30' de longitud Oeste y los 13°10' y 16° de latitud Norte, con una extensión de 42.000 millas cuadradas. La zona de la Mosquitia y las Islas de la Bahía de Fonseca son colonias inglesas. Según las alturas siguientes, se puede formar una idea del clima hondureño: Tegucigalpa, 3.015 pies; El Picado, 4.460; Agua Salada, 8.950; Evandique, 7.000; Nacaome, 110. Es un país montañoso, con cimas que alcanzan los 10.000 pies sobre el nivel marino. El llano de Comayagua, que mide 40 millas de largo y de 5 a 15 de ancho, está regado por el río Humuya. Este llano, con el valle del río Goascorán, forman una vasta llanura transversal del océano Atlántico al Pacífico, llanura de clima templado y de asombrosa fertilidad. Los principales ríos que bañan el país son: el Romano, Patuca, Tinto, Segovia, Choluteca y otros, casi todos navegables, y que facilitan el intercambio de productos domésticos. Unos desembocan en la Bahía de Fonseca, que es una de las más seguras de Centro-América, con una extensión de 50 millas en la parte más larga y 30 de anchura. En la Isla del Tigre, situada en la bahía mencionada, está el puerto libre de Amapala. Los demás puertos importantes de Honduras están en la costa Atlántica, y son: Puerto Caballos, Omoa y Trujillo. El país tiene muchas otras bahías e islas que han sido llamadas, por la variedad y riqueza de sus frutos, El Jardín de las Indias Occidentales.

Los principales productos de este país son, en la vertiente atlántica: maderas de cedro, caoba, hule, ceiba y muchas otras, enormes palmares, largas praderas, con fauna extraordinaria. Al Este hay grandes bosques de acacias y pinos. En las montañas que rodean los valles abundan las sábanas sembradas de trigo, con huertas de manzanos y melocotones. Bien puede recordarse este concepto del prócer hondureño D. José Cecilio del Valle, acerca de su patria, y al que alude una pluma autorizada, cuya labor he consultado: «Si Honduras no tuviese más que un territorio plano, el carro del orgullo podría pasearse de un extremo a otro, pero no habría esa escala maravillosa de climas, de animales, de plantas y de producciones de todas las zonas, ni de riquezas propias de cada una de ellas.»

El reino mineral de Honduras es acaso el mejor de Centro-América; y ello parece justificado, dice un autor experto, «si se considera que el suelo centro-americano, conocidamente rico por lo que al reino mineral se refiere, se encuentra virgen casi en su totalidad, debido ello a que sus hijos, opulentamente favorecidos por la naturaleza en otros reinos que le procuran fácil y exuberante riqueza, no se han ocupado allí de arrancar a la tierra los tesoros que oculta, y que ofrece al esfuerzo y al brío de quien quiera arrancárselos.» En Honduras, ese esfuerzo, apenas intentado, ha rendido hasta ahora los resultados que muestra la siguiente estadística:

Minas de oro, 151; de oro y plata, 201; de oro, plata y cobre, 20; de oro, plata y hierro, 1; de oro y cobre, 20; de plata, 274; de plata y plomo, 6; de aluminio, 2; de cobre, 10; de estaño, 1; de plomo y zinc, 1; de níquel, 1; de kaolín, 3; de palo, 6; de cristal de roca, 7; de mármol, 5; de hierro, 4; de antimonio y hierro, 1; de carbón, 7; de plomo, 1; de tiza, 5; de hulla, 1; de asfalto, 1; de azufre, 1 y de litosfito, 1.

Después de los minerales, las maderas preciosas ocupan lugar preferente en Honduras. A más de las que ya dijimos al principio, hay palo-rosa, palo-amarillo, brasil, campeche, copaiba, ipecacuana, algodón y muchas otras, frutales, medicinales, etc.

Según el censo de 1901, la población hondureña llega a 543.741 almas. Las costumbres son sencillas. Sobre la base de una democracia bien entendida, el mérito individual sabe reconocerse, y personas modestas llegan a ocupar altas posiciones.

La instrucción pública toma incremento de año en año. En las universidades de Tegucigalpa y Comayagua cursa sus estudios de medicina, leyes y ciencias, un gran número de alumnos. Existen escuelas normales para ambos sexos, y colegios de segunda enseñanza con matrículas de más de 1.500 jóvenes. El país cuenta, además, con 665 escuelas, a las cuales asisten cerca de 26.000 niños. Entre los hombres que más se distinguen en este importante ramo, como eminentes pedagogos, debo recordar a los licenciados D. Rómulo E. Durán, D. Federico G. Uclés, don Leandro Valladares, D. Marcos López Ponce, y otros importantes jurisconsultos. En la facultad de medicina, a los doctores, D. Genaro Muñoz Hernández, D. Diego Robles, D. Samuel Láinez. En la facultad de ciencias, al licenciado don Manuel A. Reina, al Dr. D. Ceras Bonilla, al ingeniero D. Héctor Medina.

Con motivo de la inauguración de la Universidad Central de la República, y en el mismo acto, dijo en brillante oración el prestigioso D. Adolfo Zúñiga, y al tomar posesión del Rectorado, estas palabras que cita en una monografía el distinguido chileno Sr. Poirier:

«Fecha inmortal será ésta, 26 de Febrero de 1882, en los fastos de nuestra civilización. La inauguración de la Universidad Central de la República, bajo una ley de progreso, de libertad e independencia, y con todos los elementos necesarios para el desarrollo y cultivo de las ciencias en sus más grandes ramificaciones, es un suceso tan notable y trascendental en la vida íntima del país, y en sus relaciones con el mundo culto, que apenas debería encarecerse, pero cuyas lejanas como seguras y beneficiosas consecuencias escapan a la más sagaz penetración.

»La necesidad de la reforma en los estudios universitarios, ha sido generalmente sentida en nuestra América. Las universidades, las academias, los colegios y liceos, y aun las escuelas elementales, no son hoy lo que eran al proclamarse la independencia. La idea democrática no ha podido menos de influir poderosamente en el orden científico y artístico.