Como es sabido, entre las islas del archipiélago antillano, Santo Domingo, llamada primitivamente La Española, es la segunda en extensión territorial, y después de la isla de Cuba, la más histórica, rica y hermosa. Ella fué la primera tierra que descubrió Colón y donde fundó la primera ciudad, haciéndola el centro de las operaciones del descubrimiento, conquista y colonización del Nuevo Mundo. Por sus bellezas naturales, por haber empezado allí el glorioso descubrimiento, y acaso, también, por haber empezado allí sus infortunios, esa isla fué la preferida y más amada del gran Almirante, por lo que en sus disposiciones testamentarias le donó sus restos, que la República, orgullosa de tan precioso legado, guarda entre el mármol y el bronce de un suntuoso monumento.
Por su bella situación geográfica, la isla de Santo Domingo, cuyo dominio se dividen la República Dominicana y Haití, es uno de los países de la América Latina que tiene porvenir más halagador. A quince leguas de Cuba, a treinta de Jamaica, a diez ocho de Puerto Rico y a ochenta de Venezuela; siendo uno de los países más cercanos a Estados Unidos y la antilla más próxima a Europa; teniendo grandes y abrigadas bahías, como la del Samaná, donde podrían caber ampliamente todas las escuadras del mundo; y pudiendo ofrecer, abierto ya el canal de Panamá, por el estrecho de la Mona, el camino más seguro y corto entre los dos Hemisferios, será seguramente, en un futuro próximo, uno de los centros comerciales más florecientes del Mar Caribe.
Su fauna, su flora, su topografía, que ostenta la más rica variedad de climas, como todos los países de la América ecuatorial, fueron descritos de pintoresca manera en una carta dirigida por el Descubridor, en 1493, a Luis Santangel, escribano de ración de los Reyes Católicos por la corona de Aragón. «Yo entendía harto de otros indios—dice—que ya tenía tomados como continuamente esta tierra era isla, e así seguí la costa della al oriente, ciento e siete leguas, fasta donde facía fin; del cual cabo había otra isla, al oriente, distante desta diez e ocho leguas, a la cual puse luego nombre La Española; y fuí allí, y seguí la parte del setentrión así como de la Juana, la cual y todas las otras son fortísimas en demasiado grado, y ésta en extremo: en ella hay muchos puertos en la costa del mar sin comparación de otros que yo sepa de cristianos, y fartos ríos y buenos y grandes ques maravilla: las tierras della son altas y en ellas muy muchas sierras y montañas altísimas, sin comparación de la isla de Cetrefey, todas fermosísimas de mil fechuras y todas andables y llenas de árboles de mil maneras y altos, y parece que llegan al cielo; y tengo por dicho que jamás pierden la foja según lo que puedo comprender, que los vi tan verdes y tan fermosos como son por Mayo en España. Dellos están floridos, dellos con fruto, y dellos en otro término según su calidad; y cantaba el ruiseñor y otros pájaros de mil maneras en el mes de Noviembre por allí donde yo andaba. Hay palmas de seis o de ocho maneras, ques admiración verlas por la disformidad fermosa dellas, mas así como los otros e frutos e yerbas: en ella hay pinares a maravilla e hay campiñas grandísimas e hay miel, e de muchas maneras de aves y frutas muy diversas. En las tierras hay muchas minas de metales e hay gente en inestimable número. La Española es maravilla: las sierras y las montañas y las vegas y las campiñas y las tierras tan fermosas y gruesas para plantar y sembrar, para criar ganados de todas suertes, para edificios de villas y lugares. Los puertos de la mar, aquí non habría creencia sin vista, y de los ríos muchos y grandes y buenas aguas: los más de los cuales traen oro. En los árboles y frutas y yerbas hay grandes diferencias de aquellas de la Juana: en ésta hay muchas especies, y grandes minas de oro y de otros metales.»
Esa opulenta naturaleza está todavía inexplotada. Con seis millones de hectáreas y apenas medio millón de habitantes, han faltado los necesarios elementos para explotar sus cuantiosas riquezas. Ha concurrido también para ello, además de la escasez de población, las contiendas en que se ha visto continuamente envuelta la República. Este es un hecho realmente sensible, pero que, juzgado con reflexión serena, se advierte que es un fenómeno casi necesario e inevitable. La República Dominicana, como otras jóvenes democracias de América, ha sido juzgada aquí en Europa con excesiva severidad; se ha exigido de ella una madurez prematura, un desarrollo que por su violenta rapidez habría sido morboso, se le ha calificado de intratable, sanguinaria, revoltosa, como si los primeros pasos no fuesen siempre vacilantes, y como si no fuese una ley histórica que todo pueblo joven que ha estado en servidumbre, ha menester rendir un tributo de sangre para afianzar sus instituciones y cimentar su libertad. Pero, no obstante sus frecuentes convulsiones, por virtud de su fuerza nativa y el genio vivo de la raza, la República Dominicana ha hecho, en apenas medio siglo que lleva de independencia, progresos realmente sorprendentes. De ello dan testimonio su comercio, sus industrias, sus instituciones libérrimas y el desarrollo que han adquirido en ella últimamente las ciencias y las artes.
Según datos oficiales, para el ejercicio del año 1909 a 1910 los ingresos y egresos públicos del país fueron fijados en 4.024,230 pesos, respectivamente. Las entradas de los impuestos aduaneros se calcularon en 3.200,010 pesos; impuesto sobre el consumo, 460.000 pesos; renta del servicio postal y telegráfico, 35.000 pesos; derechos consulares, 15.000 pesos; impuesto de timbres, 43.000 pesos; y rentas de ciertas propiedades fiscales, pesos 261.230. Con el objeto de normalizar las relaciones del Erario Público y de los particulares con los establecimientos de crédito, se ha dictado recientemente una ley bancaria, que prescribe que los Bancos de emisión deberán tener un capital por lo menos de 500.000 pesos; los hipotecarios, 100.000 pesos y los refraccionarios, 50.000 pesos.
Uno de los problemas más serios que el Gobierno Dominicano ha tenido durante mucho tiempo sobre el tapete, y al que ha dado por fin una solución, es el de la unificación de la deuda pública. Al dar cuenta el Presidente de la República de tal hecho al Congreso Nacional, decía en su mensaje: «El medio para lograr el arreglo y pago de las deudas estaba indicado. Puesto que los acreedores belgas y franceses habían convenido desde Junio de 1901 en recibir el 50 por 100 de sus acreencias si se les pagaba en efectivo en un plazo de veinte años, y esa deuda era casi la mitad de las sumas debidas por la República, lo que había que hacer era contratar un empréstito a tipo moderado, con el cual se pagase la totalidad de las deudas. Hay varias, como la Flotante interior y la llamada Extranjera, que nunca se han vendido a más del 40 por 100 de su valor nominal; otras, como la Diferida, que no alcanzaron jamás el precio de 10 por 100, y muchas en que el capital real no excedía de un 30 por 100, siendo el resto intereses acumulados. ¿No era factible que los poseedores de créditos en semejantes condiciones aceptasen el 50 por 100 de su valor, cuando los belgas y franceses, poseedores de acreencias más legítimas, lo habían aceptado, y que otros acreedores se conformasen con tipos menores en relación con el valor de sus créditos, en el momento en que se les hiciera una proposición de pagarles en efectivo? El empréstito convenido con las casas bancarias Kuhn, Loeb y Co, y Morton Trust Co, es por 20.000.000 pesos, oro americano, con prima de 4 por 100 e interés de 5 por 100 amortizable en cincuenta años y redimible en diez con prima de dos y medio por 100. Hay que entregar anualmente 1.200.000 pesos para el pago de intereses y fondo de amortización, pudiendo entregarse mayor cantidad si así le conviene a la República, y debiendo además destinar al fondo de amortización la mitad del excedente de los derechos aduaneros, si pasasen en cualquier año de la suma de 3.000.000 de pesos.» «La República debe cerca de 33.000.000 de pesos los cuales devengan un interés de más de 1.200.000 pesos y obligan a satisfacer por ahora 700.000 de pesos por lo menos de amortización. Todo eso se paga con 1.200.000 pesos anuales. Se disminuye el capital de 33.000.000 de pesos a 17.000.000 de pesos; se reduce el interés de más de 1.200.000 pesos a 1.000.000 de pesos, y la amortización de 700.000 de pesos a 200.000 pesos, obteniendo como resultado final que en treinta y ocho años o poco más quedemos libres de deudas, o en menos tiempo si aumentamos la amortización, habiendo pagado en ese lapso por capital e intereses unos 45.000.000 de pesos, en tanto que siguiendo el actual sistema no pagaríamos jamás, si no en el caso en que aumentásemos en más 1.500.000 pesos la cantidad destinada para el pago de intereses y amortización, lo que sería verdaderamente muy gravoso para la República, teniendo además que pagar la deuda en su completa integridad.»
El Estado protege con leyes bastante liberales el desarrollo de las industrias. A este propósito, el notable escritor Enrique Deschamps, dice en su interesante libro sobre la República Dominicana: «Prueba evidente de esa protección es la absoluta liberación de derechos de exportación de que disfruta la industria azucarera, siendo de notar que este ramo asume trascendental importancia por representar la mayor suma de capital invertido en una sola industria en la República. De ventajas muy análogas gozan las diversas fábricas de jabón, de fósforos, de cigarrillos, de velas esteáricas, de sombreros de paja, de zapatos, de licores, de medias y calcetines de algodón, de fideos, refinerías de petróleo, y de diversos artículos más de gran consumo en el país, y puede afirmarse que, a excepción del azúcar que tiene a su servicio en la República un alto número de grandes ingenios y centrales de un valor de muchos millones de dollars, todas las demás industrias están todavía en período de ensayo...» «Uno de los ramos industriales dominicanos llamados a más brillante porvenir, es, sin duda alguna, el abarcado por la industria forestal que dispone allí de esferas de acción de importancia incalculable. El 80 por 100 del territorio dominicano está todavía cubierto de selvas vírgenes, y son muy pocas las esencias que en ellas hay que no representen valores económicos cuantiosos. Una interesante variedad de pinos de inmejorables condiciones como madera de construcción, cubren las montañas del interior de la isla, habiendo en ella extensiones de más de cincuenta leguas, en que toda la vegetación mayor está representada por un solo bosque uniforme de pinos seculares».