La primera impresión recibida en Colón, fué la siguiente: En el Océano, barcos de guerra de Inglaterra, Alemania, Francia, España, los Estados Unidos, etc., para proteger los intereses de los respectivos países; en tierra, en un inmenso rosario de vagones, un inmenso ejército de africanos desnudos que, alzando los brazos, lanzaban horribles gritos. Era una página flaubertiana, o mejor, de Kipling.

Eran esos negros que se reembarcaban parte de un numeroso rebaño de salvajes de Africa, que un buen contratista llevó al istmo para el trabajo del Canal. Los negros no sabían casi una sola palabra fuera de su dialecto nativo. Habían sido sacados de sus selvas, sencillamente, como ganado humano.

Jamás se borrará de mi mente aquel tremendo cuadro: el país conmovido; la noticia de la gigantesca desgracia financiera, en todas partes causando el terror y el asombro; los innumerables trabajadores sin trabajo; cada ciudadano guardando celosamente su casa; la justicia del país procurando que no se produjeran esperados y probables desórdenes; cada cual en su puesto con su revólver listo.

Porque hay que saber lo que fué Panamá en los días de fiebre áurea. La leyenda de Panamá ha resonado por todas partes, ¡mas, de ella se sabe tan poca cosa! Aquel mal escrito libro del Barón Montes, del cual se vendieron miles y miles de ejemplares, no es por cierto la obra que pueda dar una idea de la vida panameña, en los fabulosos tiempos aquellos.

A propósito, ¿sabéis cómo fué escrito ese libro? Quienquiera que haya estado en Panamá, por aquellos tiempos, no ha conocido al antiguo redactor del Star and Herald, Mr... ¿Y quién, si le ha conocido, se ha podido sustraer a jugar carambolas con él en el Club, al eco de inevitables estallidos de Ginger-ale? Pues bien, el autor del Barón Montes escribió su libro, únicamente copiando, y arreglándolas en forma novelesca, las conversaciones de aquel excelente empleado de nuestros amigos Boyd, los antiguos dueños del Star and Herald; por lo cual Mr..., desgraciadamente muerto ya, no recibió un solo centavo, mientras el otro se guardara miles de magníficas libras esterlinas.

La leyenda de Panamá... Se vivió en verdad una vida de leyenda, una vida de cuento, una vida de Mil y una noches. En Panamá estaba el verdadero vellocino, los argonautas iban de todas partes. Lesseps, el gran Lesseps, el gran francés, movía desde París la máquina. Era el tiempo en que la más pobre costurerita parisiense depositaba sus ahorros en la caja de la gran obra nacional; era el tiempo en que el glorioso hombre de Suez profetizaba para Panamá: «Será dentro de cuatro años»... «Será dentro de tres años»...

Todavía Leroy Beaulieu no había profetizado a su vez que, después de la catástrofe del sistema Law, la de Panamá sería la más grande.

Una palabra de cualquiera de los Lesseps, una recomendación del obispo Paul: quinientos pesos oro, mil pesos oro mensuales.

En esos tiempos, un ingeniero vivía en su chalet propio, cada empleado superior tenía derecho a un viaje anual a Francia, por cuenta de la Compañía. El champaña sustituía al agua. Los burdeles se llenaban de flores de vicio, de las cuatro partes del mundo. Se jugaba; al día siguiente, no era extraño ser rico.

Un ingeniero pide un clavo especial a una casa europea, y envía el modelo en madera; la casa envía los cientos de miles de clavos pedidos, iguales al modelo en madera... Todo contra la caja inagotable de la compañía. Entre tanto, la fiebre tropical hacía que no se la echase en olvido. ¡Murieron tantos! Un director general—después de dos más—feliz, ufano, con su cinta de la legión de honor, con su hija, su hijo, su esposa, había pedido a Francia un tronco regio para su victoria. El tronco llega cuando la esposa, el hijo y la hija estaban—en menos de un mes—en el cementerio. El desgraciado director hace matar los caballos y, desolado, parte.