Era, sí, Panamá, en ese tiempo, un pedacito de Francia.
Se oía hablar francés por todas partes. Todo en francés, a despecho del yanki. Aún hace poco, si pasabais por el istmo, si visitabais los hospitales—lo más pintoresco y lindo que tenía Panamá—oíais la lengua de la dulce Francia en los labios de las hermanas de caridad.
Un día llegó el Grande Anciano con sus hijas. Desde que se anunció su llegada, los jardines alistaron sus flores. Llegó, y Panamá todo fué flores, banderas y espumas de Champaña!
Fué Lesseps, y era como si hubiera ido un dios. Desde el báculo del obispo Paul hasta el sombrero del último operario todo se movía en su nombre y a su gloria.
¡Dudo yo que, en su smalah oriental, haya tenido mayores honores y triunfos el pobre Juan Francés!
«Llegó—me decía el brillante poeta Darío Herrera, hijo de Panamá, que entonces era casi un niño—llegó Lesseps a mi casa, y besó en la frente a mis hermanos y a mí; jamás olvidará mi techo aquella visita patriarcal, aquella fiesta.»
Así iba Lesseps por Panamá, vestido de lino, con su ancho sombrero de jipijapa, repartiendo saludos, besos y francos.
Por donde pasaba, había arcos de flores. No había noche sin baile, ni baile sin derroche.
Rouget de Lisle quería levantarse de su tumba, y decir a las músicas: