¡Basta!

¡Y cuando el día del primer barretazo...! Fué la niña menor de Lesseps la que tomó el hierro, y entre gritos entusiastas y estallidos del cañón y del champaña, hirió la tierra.

Jamás, ni en sus esplendores de Egipto, ni en las íntimas fiestas imperiales, pudo ver el Gran Francés una superior victoria.

El trópico ístmico es de una belleza cálida y rica; las gentes, sobre todo las entonces colombianas, eran fastuosas y entusiastas; Lesseps tenía el más bello cielo; la más alta gloria, y cada habitante del istmo era su súbdito. Lesseps-bajá era nada ante Lesseps-ídolo.

La procesión era triunfal y enorme. Primeramente pasaba el Grande entre las autoridades y los cónsules; entre estandartes colombianos y franceses; después, entre las familias, en cuyas casas no faltaba el retrato del anciano ilustre; luego, la innumerable tropa de los europeos, yankis, centro-americanos, jamaicanos, negros puros, chinos, que se quitaban la gorra de labor al paso del dios...

Hoy ¿Qué queda de aquel Dios?


En Panamá quedará siempre el nombre del conde Ferdinand de Lesseps, bendecido y venerado. Caridades y beneficios no se siembran sin provecho. No es tan mala la tierra humana, pues si produce muchos cardos ingratos, hace brotar inmortales flores de recuerdo.

Y Lesseps fué bueno y noble.