¿No es cierto que diríais que sí, si viviérais, Bonaparte Wysse, que le visteis más de una vez favorecer a los necesitados?

¿No es verdad, desaparecido Pedro Losa, su amigo y discípulo, que presenciasteis la magnanimidad y la grandeza de corazón de aquel a quien Yankilandia debe una estatua?

Y cuando la Fama y la Fortuna dejaron a Lear abandonado a la tempestad, a los granizos periodísticos y a las rachas de las prostituciones financieras, a los soplos de la difamación, el gran Francés ha quedado moralmente intacto, mientras a su alrededor caían tantos culpables.

Fué grande, fué noble, fué honrado. Francia, que siempre es grandiosa, noble y justa, se acordará de él y le pondrá pronto en su verdadero lugar.

Y en el puesto de Colón, en el que fué istmo de Panamá, en donde hubo de hacerse, por Francia, la unión de los dos océanos, al lado de la estatua del Revelador del Globo—regalada por una emperatriz amiga del egregio trabajador y mártir—hemos de ver, enmienda de humanas injusticias, el monumento de Ferdinand de Lesseps.


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