Tendiéndole la mano, le detiene un leproso.

Frente a frente, el soberbio príncipe del estrago

Y la victoria, joven, bello como Santiago,

Y el horror animado, la viviente carroña

Que infecta los suburbios de hedor y de ponzoña.

Y al Cid tiende la mano el siniestro mendigo,

Y su escarcela busca y no encuentra Rodrigo.

—¡Oh, Cid, una limosna!—dice el precito.

—Hermano

Te ofrezco la desnuda limosna de mi mano!—