Dice el Cid; y, quitando su férreo guante, extiende

La diestra al miserable, que llora y que comprende.

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Tal es el sucedido que el Condestable escancia

Como un vino precioso en su copa de Francia.

Yo agregaré este sorbo de licor castellano:

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Cuando su guantelete hubo vuelto a la mano

El Cid, siguió su rumbo por la primaveral

Senda. Un pájaro daba su nota de cristal