En un árbol. El cielo profundo desleía

Un perfume de gracia en la gloria del día.

Las ermitas lanzaban en el aire sonoro

Su melodiosa lluvia de tórtolas de oro;

El alma de las flores iba por los caminos

A unirse a la piadosa voz de los peregrinos,

Y el gran Rodrigo Díaz de Vivar, satisfecho,

Iba cual si llevase una estrella en el pecho.

Cuando de la campiña, aromada de esencia

Sutil, salió una niña vestida de inocencia,