La orquesta perlaba sus mágicas notas;

Un coro de sones alados se oía;

Galantes pavanas fugaces gavotas,

Cantaban los dulces violines de Hungría.

Al oir las quejas de sus caballeros

Ríe, ríe, ríe, la divina Eulalia,

Pues son su tesoro las flechas de Eros,

El cinto de Cipria, la rueca de Onfalia.

¡Ay de quien sus mieles y frases recoja!

¡Ay de quien del canto de su amor se fíe!