Y el cielo es plácido y dulce,
un cielo bajo y flotante,
que con su bruma de plata
va acariciando los árboles.
Ese romance suena a la música del divino Góngora; y para nosotros, los americanos, a la música de un rimador de encantos y de tristezas, de un adorable orfeo cubano, ha tiempo desaparecido. Esas notas las hemos oído en las cuerdas que acariciaba la mano de Zenea. Escuchad a Jiménez:
Llora el ángelus de otoño
la campana de la iglesia,
un ángelus mustio, muerto
entre la lluvia y la niebla.
Recordad a Zenea: