Baja Arturo al occidente
Bañado en púrpura regia
Y al soplar el manso alisio
Las eolias arpas suenan.
En todo el libro de Jiménez hay una, diríase, sonrisa psíquica, llena de la suavidad melancólica que da el anhelo de lo imposible, antigua enfermedad de soñador. Los que hablan de un arte enfermo, juzgo que se equivocan. No hay arte enfermo, hay artistas enfermos; y en las almas es como en la naturaleza. Hay maneras de expresión que da el obscuro destino. Los antiguos no andaban errados cuando hablaban de la influencia de los astros. Hay maneras de expresión que da el obscuro destino, y no exijáis a una pálida flor de lis que tenga los colores violentos de una rosa roja, ni modestia a la cola del pavo real, ni un solo de ruiseñor al papagayo. El poeta nace, sí; todas las cosas naturales nacen; lo que no nace es lo artificial. Así, no penséis en que Francis Jammes o Juan R. Jiménez harían mejor en pensar en el porvenir político de sus respectivas naciones, que en decir los sentimientos que brotan al calor apacible de sus dulces musas. No seas alegre, poeta, que naciste absolutamente amado de la tristeza, por tu tierra, por la morena y amadora y triste Andalucía; y porque tu sino te ha puesto al nacer un rayo lunático y visionario dentro del cerebro.
Hay en este libro vagas reminiscencias literarias; por ahí pasa, un momento, un enlutado misterioso semejante al de la estrofa mussetiana, el enlutado «qui me ressemble comme un frère»; suena uno que otro acorde de fiesta galante—íntima, sin decoración ni preciosismo—y se alzan, bajo la claridad lunar, los chorros de agua de Lelian, «sveltes parmi les marbres». Y Febe, aquí; allá, más allá, siempre:
Las noches de luna tienen
una lumbre de azucena,
que inunda de paz el alma
y de ensueño la tristeza.