En un lugar de la larga hondonada que forma el lecho del sediento Guadalmedina, he visto una especie de lamentable mercado al aire libre, peces y fruta, cestas de pulpos como en Nápoles, y naranjas doradas. Lo pintoresco no quita la sensación de miseria, entre calles y callejuelas llenas de malos olores, de charcos pestilenciales, de focos de enfermedad. Me explico la abundancia de pálidos rostros, de colores marchitos en las más hermosas facciones.
Hoy veo, en un diario, que el número de reses vacunas sacrificadas es de veinte; y Málaga tiene más de ciento treinta mil habitantes... ¡Y la carne paga una peseta el kilo, de derechos de consumo! Un muy discreto y activo periodista, a quien he tenido el placer de tratar, el Sr. Fernández y García, me da los más penosos detalles: «La carestía de los artículos alimenticios, dice, equivale a un grave motivo de alarma. La carne, para los pobres, resulta un artículo de lujo. Muchos enfermos tienen que prescindir de ese alimento necesario para reponer las fuerzas, porque su precio excesivo no lo pone al alcance más que de las personas bien acomodadas. La leche es mala y cara. ¿De qué nos sirve nuestra vecindad con Marruecos, si rara vez disfrutamos la ventaja de recibir, en cantidad suficiente, huevos y aves a precios económicos, importados de los terrenos inmediatos a nuestras posesiones de Africa? El pescado mismo, con excepción de los días de pesca abundante y extraordinaria, sufre carestía. ¿El bacalao? Si el gobierno no toma el buen acuerdo de pedir a las Cortes la supresión de los derechos arancelarios, se venderá tan caro, que, como sucede con la carne, no estará al alcance de los pobres. Sólo faltaba el aumento en los precios de los alquileres, y ya es tan difícil encontrar albergue higiénico y barato, como un avaro con alma. De modo que el malestar se acentúa para todas esas clases de la sociedad a quienes la lucha por la existencia resulta penosísima, y que van dejándose la piel en las zarzas de estos infortunios. Con decir que el remedio no se vislumbra, se expresa que la desgracia que nos afluye parece mayor porque se vive sin esperanzas». Hay, pues, necesidad en las clases pobres, hambre en el pueblo.
La antigua religiosidad ha mermado mucho, y, en sus sufrimientos, ya no se vuelven los necesitados a la Divinidad, ya no se ruega a Dios... Se siente una invasión de protestas anárquicas, que va de la ciudad a la campiña, a pesar de las congregaciones religiosas que luchan por conservar su influencia, a pesar de las vírgenes que podéis ver en algunos sitios, a la entrada de algunas casas, adornadas de flores artificiales, y ante las cuales arde una pálida lamparilla de devoción tradicional.
Hoy, 11 de Diciembre, aniversario del fusilamiento de Torrijos y sus compañeros, he ido a ver el monumento levantado en memoria del espantoso sacrificio... No vi coronas profusas, flores de recuerdo. Por calles sucias, entre baches y pedregales, llegué, por el barrio del Perchel, a la iglesia del Carmen, donde estaba el antiguo convento. Por el camino, un compañero me recuerda la página sangrienta que inmortalizó artísticamente un célebre pincel. Encontrábanse en Gibraltar unos cincuenta desterrados a causa de sus ideas liberales, y fueron llamados secretamente por el gobernador de Málaga, Moreno, proponiéndoles pronunciarse con ellos en favor de las libertades de la Constitución, como se decía entonces. Salieron de Gibraltar cincuenta y un hombres. En camino, pasaron la noche en el cortijo de la Alquería, y allí fueron copados por las tropas que mandó con ese objeto el mismo gobernador de Málaga. Lograron escapar dos ingleses, de tres que venían en la expedición. Llegaron los presos por la mañana del 10 de Diciembre, y al día siguiente, a pesar de ser día domingo, con el permiso episcopal, fueron fusilados. La capilla la pasaron en una iglesia del entonces convento carmelita. La ejecución empezó a las siete de la mañana y duró media hora. El último que mataron fué el inglés Boyd. «Mi abuelo, me dice la persona que me acompaña, oyó los tiros desde el vecino matadero de reses. Calcula que se tirarían mil tiros... De lo que no hay que asombrarse, teniendo en cuenta que entonces se usaban fusiles de chispa, que estaba lloviendo y que se mojaba la pólvora de las cazoletas, por lo que fallaban muchos tiros. Los quejidos de las víctimas y el estado nervioso de los mismos soldados de la ejecución aumentaban el horror de tal manera, que el fraile que confesó y ayudó a bien morir a las víctimas se volvió loco...»
Al llegar a la iglesia, un chicuelo zaparrastroso me sale al paso.
—¿Qué quiere usted?
—Visitar la iglesia.
—Venga.