—Dime: ¿en dónde estuvieron encerrados Torrijos y sus compañeros?
El chico me mira asombrado. No halla qué contestar. Le explico más. Se trata de unos que mataron hace tiempo... Por fin cae en la cuenta.
—Venga usted. Ya sé. Aquí está el confesonario en donde los confesaron.
En efecto: en una capilla que está al lado derecho del altar mayor, y cuya entrada aún conserva la gruesa reja que sirvió de cárcel de una noche a los sacrificados, logré ver entre la obscuridad, aislado, un confesonario viejo y polvoroso. Luego salgo con mi amigo acompañante a buscar el lugar en que fueron ultimados. Lo encontramos, preguntando, en una callejuela inmunda. Hay una base gastada, de mármol, sobre la que reposa una tosca cruz de hierro. Hay una inscripción borrada, ilegible. Ni una flor. Hay comadres conversando en las puertas de las casuchas vecinas, y muchachos mugrientos jugando a pleno cielo, y un perro soñoliento hacia el lado por donde se va al mar azul...
Esta es Málaga la Bella, de donde son las famosas pasas, las famosas mujeres y el vino preferido para la consagración.
II
Por la mañana he ido a ver «sacar el copo» a los pescadores, a un lado del esbelto y blanco faro. Las gentes están ya de fiesta como la mar y el sol. Miro animación por las calles, sobre todo cerca de la Plaza de la Constitución, donde un puñado de barracas atrae a los transeuntes y forasteros. La calle de lujo, la calle Larios, ofrece sus vitrinas llenas de dulces, de pintura criarde y de artículos de París. Allá en la playa hay ropas más vistosas que de costumbre, mantones blancos y azules, pañuelos y corbatas policromas, entre las gentes que van a presenciar la sacada de la red. Tirada por unos cuantos hombres y muchachos, sostenida en las aguas por odres infladas, va saliendo poco a poco ante la inmensidad del Mediterráneo azul y del cielo azul. Cuando llega a la arena y la recogen rápidamente los pescadores—después de larga fatiga,—se ve la carga de boquerones semejantes a vivas rebanaduras de plomo, los opalinos y flácidos calamares, la pescadilla como una lanza, la sardina plateada y profusa. De allí los recoge el vendedor callejero, que va después gritando su calidad y llevando, como la balanza los platillos, dos cestos laterales colgantes del palo que sostiene sobre sus hombros.
Por las calles va la gente atareada en busca de los preparativos de las cenas caseras. Los paveros, «de su banda de pavos en compañía», como canta la sonora guitarra del poeta Rueda, van, en efecto, conduciendo, con una vara larga como de alcalde y un ancho sombrero, a los suculentos animales que son de costumbre y ley en noche de Navidad. Se compran en las dulcerías y confiterías las sabrosas cosas miliunanochescas o monjiles, hechas de harinas y mieles, y cuya nomenclatura regocijaría a pantagruélicos abates: turrones y mazapanes, pestiños, roscas, tortas de aceite y manteca, y entre cien otros, los polvorones de Estepa y Laujar, los alfajores exquisitos y golosinas de almendras y azúcar que se deshacen inefablemente en el paladar. Apenas me referiré a la charcuterie nacional, con sus salchichones de Vich, sus chorizos de Candelario y la Rioja y Extremadura, sus incomparables morcillas y salazones, y la egregia butifarra catalana. Las frutas tienen admirable representación en los puestos que se establecen a la entrada de la calle Nueva, con una variedad y lozanía que sorprenden. Junto a la uva deliciosa del país, cuya fama es universal, y junto a las doradas naranjas dulcísimas, se ve la americana chirimoya y la misma caña de azúcar, y la banana, que han brotado en este suelo al amor de un clima casi tropical. El mercado de frutas en plena calle es a la manera de un zoko árabe, por su bullicio y movimiento, lo pintoresco de las gentes, los borriquillos cargados, los tipos mismos populares y la invisible y perdurable influencia que los antiguos habitantes africanos dejaron en el ambiente de esta ciudad indolente, poética y llena de cálida gracia.